Mostrando entradas con la etiqueta Associated Press. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Associated Press. Mostrar todas las entradas

martes, 14 de mayo de 2013

World Press Photo 2013: Paul Hansen


El World Press Photo concluye que la foto ganadora no fue manipulada

El análisis de dos expertos dice que la imagen de Hansen fue retocada en el tono y en el color

La foto está acusada por sus críticos de ser falsa

"LA FOTO ES TAN PERFECTA QUE CASI NO TE LA CREES". El fotógrafo de EL PAÍS Cristóbal Manuel analiza la polémica imagen ganadora del World Press Photo. / LUIS ALMODÓVAR / CRISTINA POP
Ni hubo manipulación, ni hubo edición excesiva o con ánimo de subvertir la fotografía original. La fundación World Press Photo, con sede en Amsterdam, ha emitido un comunicado en el que establece, basándose en el análisis realizado por expertos en el análisis científico de la imagen, que la imagen de Paul Hansen 'Entierro en Gaza', premiada como foto del año, es legítima.
"Hemos revisado el archivo RAW original, aportado por World Press Photo, y la imagen resultante en formato JPEG. Es evidente que la imagen publicada fue retocada respecto al tono y el color de determinadas zonas y en su conjunto. Más allá de esto, sin embargo, no hallamos ninguna prueba de que se haya realizado una manipulación relevante de la imagen o una composición", afirman los expertos consultados por la fundación. Así de taxativos se pronuncian Hany Farid, profesor de Informática en Dartmouth (EEUU), y Kevin Connor, ambos directivos de la empresa Fourandsix Technologies.
"Es más: el análisis sobre la pretendida manipulación fotográfica [que dio lugar a esta investigación] es profundamente deficiente", añaden.
Eduard de Kam, experto en fotografía digital del NIDF (Nederlands Instituut voor Digitale Fotografie), explica así su dictamen: “Cuando comparo el archivo RAW [aportado por el fotógrafo] con la versión ganadora, puedo ver, efectivamente, que ha habido bastante postproducción, en el sentido de que algunas áreas de la imagen han sido aclaradas y otras, oscurecidas. Pero, en cuanto a la posición de cada píxel, todos ellos están exactamente en el mismo lugar en el archivo JPEG (la imagen ganadora) y en el archivo RAW. Por tanto, descarto cualquier posibilidad de que se trate de una imagen compuesta".
Con este comunicado, la organización espera zanjar definitivamente las críticas recibidas por el fotógrafo sueco sobre su imagen, y en particularlas aventadas por el blog de tecnología Extreme Tech.
Dicha publicación afirmó que la imagen galardonada era en realidad la mezcla de tres fotos diferentes, y se basaba para ello en el análisis técnico realizado por Neal Krawetz en el blog The Hacker Factor, que ahora ha quedado desprestigiado.
Ante las acusaciones vertidas contra el fotógrafo ganador desde el propio anuncio del reconocimiento, de las que se hacía eco recientemente el semanario alemán Der Spiegel, World Press Photo había encargado a dos expertos independientes “una investigación forense sobre la imagen”, cuyos resultados acaban de ser difundidos.
La organización, en un correo electrónico, había anunciado que el proceso contaba con la “colaboración completa de Hansen” y que el fotógrafo había "explicado en detalle cómo procesó la imagen”. El jurado “no tiene razón para dudar de sus afirmaciones”, decía World Press Photo, cuya posición ha sido avalada por los expertos.
La fotografía en cuestión retrata a dos hombres palestinos, acompañados por un río de personas, que llevan por una calle de Gaza los cadáveres de dos niños, envuelto en sábanas blancas. Hansen, que trabaja para el diario sueco Dagens Nyheter, contó en su momento que los hombres llevaban a los menores hasta la mezquita. Detrás iba el cadáver del padre, en una camilla, y envuelto también en lienzos blancos. Los pequeños, Suhaib Hijzi y su hermano, Mohamed, tenían dos y tres años y perecieron en el bombardeo que destruyó su casa. El misil que reventó el edificio provenía del Ejército israelí, según el relato del fotógrafo.
“Entiendo que en ese contexto geopolítico siempre habrá quien ponga interrogantes", contaba hace un mes a este periódico el fotógrafo, respecto a las críticas recibidas. Además de la supuesta falsedad de la imagen, o de que sea el resultado de tres fotos distintas, la instantánea ha recibido ataques también por el tratamiento de la luz, que habría acentuado la espectacularidad de la foto.
En declaraciones realizadas al sitio de información australianoNews.com.au, Hansen había negado categóricamente que la fotografía fuera el fruto de una manipulación o una falsificación: "Nunca ha sido una fotografía mía examinada con más profusión, por cuatro expertos y jurados de fotografía de todo el mundo".
El fotógrafo explicó al periodista de News.com.au el proceso seguido al editar la imagen: "Al corregir los tonos y el equilibrio irregular de las luces en el callejón, procesé el archivo RAW [el archivo original que genera el procesador de la cámara con toda la información recogida por el sensor] con una densidad diferente para aprovechar la luz natural, en lugar de subexponer y sobreexponer [disminuir o aumentar la luz de una zona]. Con el fin, de hecho, de recrear lo que vio el ojo y obtener un rango dinámico [de tonalidades] más amplio. Simplemente, es el mismo archivo editado sobre sí mismo".
La edición de una imagen es una práctica habitual en el fotoperiodismo, y en particular cuando se envían imágenes a concursos fotográficos. Siendo diferentes los niveles de permisividad según se trate de agencias informativas, periódicos o un concurso o exposición, el fotógrafo intenta, principalmente, compensar con un programa de edición (Adobe Photoshop, Aperture o similar) los posibles errores de medición de la luz.
Como explicó a El País en Amsterdam el presidente del jurado de fotografía y vicepresidente de Associated Press, Santiago Lyon, dicha agencia tiene un criterio "más estricto" sobre lo que se puede modificar o no de una foto en postproducción. Pero Lyon ponía el énfasis en que una imagen "debe transmitir lo que ocurrió y vio con sus ojos el fotoperiodista", y no veía motivo para dudar de la foto premiada.

martes, 8 de enero de 2013

La batalla de Teruel, foto Agustí Centelles i Ossó,

La batalla de Teruel, foto Agustí Centelles i Ossó,

Distribuída en los países de habla inglesa por Associated Press,

Foto: Agustí Centelles i Ossó, (c) 2012 Archivos Estatales, MECyD, CENTRO DOCUMENTAL DE LA MEMORIA HISTÓRICA, Salamanca

Catálogo Centelles in edit oh!,

«Le patriote illustré», 9 de enero de 1938, a la derecha fotografía de Agustí Centelles i Ossó.

«Le patriote illustré», 9 de enero de 1938, a la derecha fotografía de Agustí Centelles i Ossó.

Investigación: ArtdDocumenta

Fotos Agustí Centelles i Ossó, fondo Centelles (c) 2012 Archivos Estatales, MECyD, CENTRO DOCUMENTAL DE LA MEMORIA HISTÓRICA, Salamanca, todos los derechos reservados.

sábado, 12 de mayo de 2012

in memoriam Horst Faas, war photographer


Horst Faas, prizewinning war photographer, dies at 79


Horst Faas, a German-born combat photographer whose calm under fire helped him capture searing portraits of life and death in Vietnam and other war zones in Asia, earning him two Pulitzer Prizes, died May 10 at a hospital in Munich. He was 79.
His death was confirmed by the Associated Press, Mr. Faas’s employer from 1956 to 2004. He had complications from paraplegia, caused by a spinal hemorrhage in 2005, saidRichard Pyle, an AP reporter who worked with Mr. Faas in Vietnam.
Gallery

Mr. Faas — who covered despots, terrorists and soldiers during times of war — witnessed much of the world’s modern history through the lens of his Leica.
As chief of photo operations for the AP bureau in Saigon, now Ho Chi Minh City, Mr. Faas had a keen eye for provocative imagery. He selected for distribution perhaps the war’s most memorable photograph: the summary killing of a Viet Cong prisoner by a pistol shot to the head. The picture, taken in 1968 by Eddie Adams, came to embody the violence in Vietnam.
That Mr. Faas seemed so comfortable in war zones was largely due to his childhood in Berlin during World War II. He endured obligatory service in the Hitler Youth and felt the ground rumble from Allied shelling.
In Vietnam from 1962 to 1970, he moved gingerly through the swamps and jungles despite his bulky, muscular frame. His courage earned him the respect of many of the war’s top journalists, including the late David Halberstam of the New York Times and Peter Arnett of the AP.
In an e-mail to The Washington Post, Arnett called Mr. Faas “the most experienced and most sophisticated” journalist of the war.
“Horst was absolutely fearless on the battlefield,” Arnett wrote. “Horst also had an uncanny sense of the ebb and flow of action, positioning himself for the best pictures and then methodically, commandingly, clicking off his film.”
A 1965 Time magazine profile of Mr. Faas said he had an “intelligence network . . . second only to that of the Viet Cong.”
Halberstam, who died in 2007, wrote a profile of Mr. Faas in 1997 for Vanity Fair magazine. Halberstam wrote that the photographer’s work had caught the attention ofGen. William C. Westmoreland, the U.S. commander in Vietnam. The general “adored Horst — this brave young foreigner who seemed to spend all his time in the field and whose photos did not seem particularly political.”
Mr. Faas won the 1965 Pulitzer Prize for his haunting photographs of the war, including one picture in which a father holds the limp body of his dead child up to a group of South Vietnamese army rangers. Another photo shows a U.S. soldier staring into Mr. Faas’s camera, with the words “WAR IS HELL” printed on his helmet.
In 1967, Mr. Faas was struck in the leg by shrapnel from a rocket-propelled grenade while on a patrol. He nearly died from loss of blood but persuaded surgeons at a hospital to let him keep his leg.
After his injury, Mr. Faas was confined to the Saigon bureau, where he edited photos and managed the AP’s freelancers. One of the young talents he recruited was Nick Ut, the Vietnamese photographer whose 1972 picture of a naked 9-year-old girl fleeing a napalm attack became an instantly recognizable image of the war.
During the 1968 Tet offensive, Mr. Faas was looking at photos on his lightboard and one picture stood out. It was Adams’s Feb. 1, 1968, photo of the execution of a Viet Cong prisoner by Vietnam’s national police chief, then-Lt. Col. Nguyen Ngoc Loan.
The Viet Cong operative, in a plaid shirt with his hands bound behind his back, grimaces as Loan’s pistol delivers the fatal bullet to the man’s head.
It was “the perfect news picture,” Mr. Faas said in 2004, “the perfect framed and exposed ‘frozen moment’ of an event which I felt instantly would become representative of the brutality of the Vietnam War.”
In 1970, Mr. Faas became the AP’s roving photographer in Asia. Two years later, he and Michel Laurent received a Pulitzer for their photographs of Bengali thugs bayoneting to death four men accused of rape and murder during the conflict that led to Bangladesh’s independence. (Lau­rent was one of the last journalists killed during the Vietnam War, dying in 1975.)
Mr. Faas moved to London in 1976 and served as AP’s senior photo editor for Europe until his retirement in 2004.
Horst Faas was born in Berlin on April 28, 1933, and moved with his family to Munich after World War II. He began his career in 1951 as a dark-room clerk at a photo agency in Germany.
Survivors include his wife, Ursula Faas of Munich, and a daughter.
Mr. Faas worked for the AP in Congo and Algeria during a period of strife in the 1960s.
In Algeria, Mr. Faas’s photos of a secretive guerrilla army nearly got him killed in the early 1960s. One day, a man invited him into a cafe for some absinthe. Once inside, the man pointed a gun at Mr. Faas.
“I heard him cocking the pistol,” Mr. Faas told Time magazine in 1965. “I thought, ‘Now I get it.’ He fired twice, zip zip, a round went by each ear. Then he bought me another absinthe. ‘Next time we will kill you.’ ”

miércoles, 18 de abril de 2012

La foto robada que hizo historia




La foto robada que hizo historia




Un enorme animal prehistórico agonizante y silencioso, ése era el aspecto del crucero General Belgrano en aquellas fotos borrosas tomadas momentos antes de que se fuera a pique. Cuando las proyectaron, nuestra reacción fue la sorpresa y el silencio. Nadie sabía que esas imágenes existían. Ni quién las había tomado. Las vimos por primera vez la tarde del 8 de mayo de 1982, en la antigua redacción del diario The New York Times, a pasos de Times Square. Seis días antes, dos torpedos disparados por el submarino británico Conqueror habían condenado al Belgrano a su último destino, un valle montañoso en el oscuro abismo marino que se extiende más allá de la plataforma continental, a cuatro mil metros de profundidad.
El azar y la generosidad de un colega norteamericano me permitieron estar ese día en la redacción del Times y ser testigo de una de las trágicas primicias de la Guerra de Malvinas: la foto de la catástrofe que más vidas costó en el conflicto. Al día siguiente, la imagen del barco, escorado a babor, con la proa amputada por el primer torpedo, los cañones inútiles apuntando al cielo, convertido en el ataúd de centenares de marinos, fue la noticia dominante en los periódicos y las pantallas de todo el mundo, y quedó para siempre como una cicatriz en la memoria de los argentinos.
Un diálogo al pasar, mientras se diseñaba la portada histórica, fue la primera señal de que algo no encajaba en aquellas fotos. Todo indicaba que eran auténticas, pero no había manera de confirmarlo, ni con quién. Mostrar en medio de una guerra inconclusa el documento de un ataque que había costado 323 vidas resultaba demoledor para el gobierno militar, para quienes todavía combatían en las islas y para millones de argentinos esperanzados con la causa de Malvinas. La decisión final del diario fue que la foto llevara sólo el crédito de Gamma, la agencia que la había vendido. Pero no habría mención alguna del fotógrafo. Vista en perspectiva, resultó una medida premonitoria: cuando las rotativas empezaron a imprimir la edición del domingo 9 de mayo, ya circulaba en la redacción el rumor de que las fotos habían sido obtenidas mediante el pago de un soborno de varios miles de dólares. El rumor mencionaba a un oficial de la Armada como el supuesto destinatario del dinero. En las antípodas de las trincheras, un nuevo escándalo se ponía en marcha.
Llamé a Buenos Aires para alertar al director de la revista Siete Días , de la cual era corresponsal, y su respuesta me recordó de inmediato el clima de temor, censura y paranoia extendida en que se ejercía el periodismo bajo el gobierno militar, situación que se había agudizado con el conflicto. Escuchó la historia y pidió dos o tres precisiones sobre la foto del Belgrano. Después lanzó la pregunta: "¿Vos también vas a colaborar con el servicio de inteligencia inglés?." Era el típico caso de argumentación precoz: la noticia no podía ser otra cosa que una operación del enemigo, un montaje con el que la prensa norteamericana hacía su aporte a la Task Force. El origen espurio de las fotos era, según él, la confirmación de que se trataba de un caso de fotos fraguadas. Fin de la conversación.
Las tres llamadas que recibí más tarde fueron, en ese orden, de la Secretaría de Información Pública de la Presidencia, de la Misión Argentina ante las Naciones Unidas y de la embajada en Washington. Las consultas, que parecían calcadas, revelaban el nerviosismo del gobierno por el impacto que tendría la noticia, pero también exponían una enorme ingenuidad. ¿Existe alguna posibilidad de que The New York Times acepte postergar la publicación de esas fotos?
La hermandad del mar
El teniente de fragata Martín Sgut sintió rabia al ver las fotos del Belgrano en la tapa de La Nacion. En realidad, era rabia y humillación lo que sentía. Eso fue lo que le confesó a su familia.
El 2 de mayo, a las 16.01, cuando el primer torpedo del submarino Conqueror impactó en el crucero y arrancó de la estructura del barco más de quince metros de proa, el teniente Sgut subió como pudo hasta la cubierta, entre el humo, las explosiones y los gritos. La cubierta parecía un campo de batalla por el que deambulaban sin rumbo los heridos. En el momento en que escuchó la orden de abandonar el barco, Sgut reconoció entre los caídos al cabo Escobar, que yacía inmóvil, con quemaduras graves. Bajó entonces otra vez a la cabina, se puso un anorak y tomó una manta para abrigar a Escobar.
Sgut quedó al mando de una balsa salvavidas ocupada por cinco hombres moribundos y otros seis con golpes menores y quemaduras. Acomodó a su lado a Escobar para evitar que se durmiera y, al hacerlo, sintió el bulto de la cámara de 35 milímetros en uno de los bolsillos. El peso de Escobar le impedía moverse, pero alzó la cámara como pudo y tomó las primeras fotos del crucero. Observó como, a unas 150 yardas de distancia, el barco se balanceaba sobre las olas enormes y oscuras mientras seguía escorándose entre las balsas de color naranja. Sgut alcanzó a ver cómo algunas de las balsas, empujadas por el viento, se estrellaban contra las planchas de acero del Belgrano y se desgarraban.
Volvió a tomar la cámara y esta vez alcanzó a distinguir en el visor la pequeña silueta de dos hombres de pie sobre la cubierta. Días más tarde, al ser rescatado, supo que se trataba del comandante del Belgrano, el capitán de navío Héctor Bonzo, y de un suboficial de apellido Barrionuevo. El suboficial había recibido una orden extraña: saltar al mar con Bonzo si éste se resistía a abandonar el barco. No fue necesario. Cristina, la esposa de Sgut, recuerda, aún hoy, las palabras exactas con las que su esposo describió la escena: "Bonzo fue el último, se zambulló de palomita".
El Belgrano se hundió a las cinco de la tarde, una hora después de ser alcanzado por los torpedos. La larga noche de espera sobre las balsas, para muchos, no fue otra cosa que una forma diferente de encontrar la muerte. El teniente Sgut ejerció el mando en la balsa con el rigor que imponían las circunstancias. A falta de morfina, se propuso aliviar al cabo Escobar haciéndole ingerir una pasta que improvisó moliendo los analgésicos que había en la balsa. Pero fue inútil. Escobar dejó de respirar a la madrugada. También ordenó a sus hombres orinar sobre las cantimploras para poder descongelar el agua potable. Cada tanto, estiraba la pierna y golpeaba con la bota al conscripto Chaparro para que no se durmiera. En medio de la oscuridad, cuando la fuerza de las olas empezó a desgarrar las balsas, golpeándolas y encimándolas unas contra otras, tomó la decisión más difícil: cortó las cuerdas que las mantenían unidas y las liberó a su suerte.
Al desembarcar en el puerto de Ushuaia junto con otros sobrevivientes, Sgut tanteó en el bolsillo del anorak para saber si la cámara seguía allí. Estaba sana y al parecer, seca. Era un modesto milagro después de la odisea en la balsa en uno de los mares más hostiles del mundo. No se separó de ella hasta llegar a la base naval de Puerto Belgrano, donde se la entregó en mano a su superior, el comandante Héctor Bonzo. El teniente Sgut no sabía, no podía saberlo, cómo las imágenes que había tomado le cambiarían la vida para siempre. El comandante Bonzo pidió revelar el rollo en la mayor confidencialidad y lo dejó en custodia de técnicos del Servicio de Inteligencia Naval. Se trataba, después de todo, de material sensible tanto en el plano militar como en el de la acción psicológica.
La primicia de The New York Times, seis días después del hundimiento del Belgrano, había disparado toda clase de recriminaciones dentro de la Armada. La Junta de Comandantes pidió que se investigara el episodio como lo que era, la violación de un secreto militar y una burla a las Fuerzas Armadas.
El orgullo herido del teniente y la falta de una respuesta oficial lo impulsaron a hacer su propia pesquisa. Contrató un estudio de abogados en Nueva York, en 1984, e inició acciones legales por 2.750.000 dólares contra The New York Times, Newsweek, Associated Press y la agencia Gamma-Liasson. Un año antes, The Best of Photojournalism, uno de los referentes mundiales de la fotografía periodística, había dedicado las dos primeras páginas del catálogo a la foto del Belgrano. El crédito de la foto era una sola palabra: anonymous.
Al ser interrogado por el juez, en una corte de Nueva York, el teniente aclaró que había cumplido con el deber moral al entregar el rollo a sus superiores, pero se había sentido burlado al reconocer sus fotos en los diarios argentinos. "Hice las tomas con una cámara de aficionado y son el único documento que tenemos del hundimiento. Mis superiores me devolvieron los negativos, es cierto, pero nunca aceptaron hablar de lo sucedido", le explicó al juez.
En su declaración, afirmó que no tenía ningún interés económico en las fotos. El juez debe de haberle creído. Falló a su favor, pero por una suma de 20.000 dólares y le reconoció sus derechos como autor de las fotos. Cristina, la esposa, recuerda muy bien qué pasó con el dinero. "Diez mil dólares fueron para los abogados, tres mil para gastos y con los siete mil restantes compramos un Taunus de segunda mano", dice. Desde el juicio, todo lo que se recauda por los derechos de publicación de las fotos es donado por la familia a la Asociación de Amigos del Crucero General Belgrano".
La Armada, sacudida por el escándalo en pleno conflicto bélico, ordenó investigar el affaire hasta dar con el responsable. El capitán de corbeta José Garimaldi fue juzgado, encontrado culpable y dado de baja por haber duplicado los negativos de las fotos y haberlos vendido sin autorización. Murió en 1994.
El capitán de fragata Martín F. Sgut falleció el 4 de enero de 2010. Fue, obligado por las circunstancias, tal vez el mejor corresponsal de guerra que haya tenido la marina en sus filas.