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viernes, 10 de mayo de 2013

Adriana Lestido: maneras de ver lo que no está


Maneras de ver lo que no está

Separación y ausencia son dos temas clave en la obra y la vida de Adriana Lestido

De la calle a la intimidad, un libro recoge el trabajo de la fotógrafa argentina

Es algún día de 1982 y todavía gobierna el país la dictadura militar que ha comenzado en 1976. La fotógrafa argentina Adriana Lestido tiene, por entonces, 27 años, dos semanas de experiencia como fotoperiodista, y cubre, en un suburbio de la ciudad de Buenos Aires y para el periódico en el que trabaja, una manifestación de las Madres de Plaza de Mayo que reclaman por familiares desaparecidos. Ahora, en medio de la multitud, se ha quedado galvanizada frente a una nena de seis o siete años que lleva la cabeza cubierta por un pañuelo blanco anudado bajo el mentón, tomada de la mano de una mujer joven que lleva, también, la cabeza cubierta por un pañuelo blanco: el símbolo de las Madres de Plaza de Mayo. La nena llora y decenas de fotógrafos, atraídos por la potencia de la imagen, disparan. Pero Adriana Lestido no. No puede: le da pudor. Después de un rato, cuando los fotógrafos se van, ella se queda por ahí, rondando como quien no mira. Y, de pronto, la mujer alza a la nena, la calza sobre su cadera, levanta el puño y grita. Y la nena reproduce, con exactitud perturbadora, el gesto adulto: levanta el puño, grita. Adriana Lestido hace, entonces, lo que tiene que hacer: dispara. Al día siguiente la foto —la mujer, la nena— aparece en la portada del periódico.
Hoy, treinta años después, Adriana Lestido es uno de los nombres más prestigiosos del ensayo fotográfico en Latinoamérica. Ha ganado la becaGuggenheim, la Hasselblad, el premio Mother Jones, y su obra forma parte de colecciones privadas y museos en Suecia, España, Francia, Estados Unidos. El tiempo, las becas, los premios pasan, pero la foto —la mujer, la nena— permanece. Lestido la incluyó en todas sus muestras, en todas sus retrospectivas, y es la que abre Lo Que Se Ve, un libro que antologa su trabajo y que acaba de editar Capital intelectualen Argentina (Clave intelectual en España) con el apoyo del grupo Insud. El libro, que se presentará el 7 de junio en Casa de América de Madrid como parte del programa de PhotoEspaña 2013, acaba de ser seleccionado para la exhibición Los mejores libros de fotografía del añoque se lleva a cabo hasta el 23 de junio en el Hospital de Santa María la Rica, de Alcalá de Henares. Incluye los ensayos fotográficos Hospital Infanto JuvenilMadres adolescentesMujeres presasMadres e hijas,El amor y Villa Gesell, y empieza con aquella foto: la mujer, la nena.
—Se dice que yo fotografío mujeres —dice ahora, con dicción precisa, reconcentrada—. Y es verdad. Pero no es que mire mujeres por una cuestión de género. Mi impulso viene de otro lado.
—De otro lado.
—Lo que está por detrás es la ausencia del hombre.
Es verdad que fotografío mujeres, pero no por una cuestión de género. Lo que está por detrás es la ausencia del hombre
***
Adriana Lestido nació en Buenos Aires en 1955 y fue la mayor de cuatro hermanos, hija de Laura y Serafín, que trabajaba como vendedor de una fábrica y que, más tarde, fue vendedor de especias surtidas. En 1961, cuando ella tenía siete, su padre, acusado de estafa, fue detenido y encarcelado hasta que ella tuvo once, de modo que la niñez transcurrió al cobijo de esa ausencia y en medio de una precariedad económica importante.
—En 1973, entré a estudiar ingeniería. Una locura, pero me gustaba la matemática. Ahí empecé a militar en Vanguardia Comunista. Y también conocí a Willy.
Willy es Guillermo Moralli, un compañero de militancia del que se enamoró en 1973 y con quien se casó en 1974. En el invierno de 1978, con la dictadura militar ya instalada, estaban distanciados desde hacía un mes cuando, a mediados de julio, volvieron a encontrarse, hablaron, y estuvo claro que querían volver.
—Quedamos en vernos, que él me llamaba. Pero no me llamó. A la segunda o la tercera semana tuve la noticia. Lo habían secuestrado. Yo pensaba que lo iban a pasar a una situación legal. Tenía la fantasía de que él iba a aparecer y lo iba a poder visitar en la cárcel. Pero no. Diez años después del secuestro hice el juicio de divorcio. Los milicos habían inventado algo que se llamaba “presunción de fallecimiento”, para deshacer el vínculo legal. Yo, por una cuestión ideológica, no lo quise hacer. Pero creo que hice el divorcio porque no quería darlo por muerto, ser yo viuda.
—¿Y cuál es la causa del divorcio en un caso así?
—La ausencia.
Cuando dice eso, la voz de Lestido es una voz prudente, serena, la de alguien que sabe lo que quiere decir y que, simplemente, lo dice.
—Yo creo que el hecho de que estuviéramos separados cuando él desapareció me ayudó a volver a amar sin culpas. Y de hecho tuve otras relaciones. Pero nunca tuve hijos. Creo que fue una cosa de fidelidad hacia él medio loca: si no fue con él, entonces no va a ser con nadie. Me di cuenta hace muy poco de la relación entre la desaparición de Willy y el momento en que empecé a hacer fotos. Yo empecé a hacer fotos un año después de la desaparición. Casi inmediatamente.
Así, un año después, Lestido empezó a hacer aparecer las cosas.
***
En 1979, mientras trabajaba en la oficina de un despachante de aduana, empezó a estudiar cine, a hacer un curso de fotografía, y supo —supo— que quería ser fotógrafa. Poco después, en 1981, renunció a su trabajo y devino fotógrafa de plaza.
—Hacía fotos de los chicos y las madres me las compraban. Mientras, buscaba trabajo en los diarios. Un amigo me dijo que fuera a La Voz, un medio nuevo, y me tomaron. Era 1982. Una semana más tarde hubo una movilización de vecinos en contra de la dictadura. Me mandaron a cubrirla y volví con buenas fotos. Y al día siguiente hice la foto de la madre de Plaza de Mayo y la nena.
Estuvo en La Voz hasta 1985, cuando entró a trabajar en la agencia DyN (Diarios y Noticias), y fue allí donde, sin saber lo que hacía, encontró un método.
Lo que yo trato de hacer es fundirme con lo que estoy mirando. Hay que desaparecer para poder ser lo que uno mira
—Tuve que ir a hacer fotos al hospital Borda, el neuropsiquiátrico. Me gustó, pero me dije “esto no es así, no es viniendo un rato”. Al lado está el hospital Infanto Juvenil. Fui, expliqué que quería quedarme un tiempo, y empecé. Fue puro instinto. Yo no tenía idea de lo que era un ensayo fotográfico.
Durante meses, en ese hospital, hizo, con más lentitud, con más sigilo, lo que había hecho ya en aquella plaza (con la mujer, la nena): llegar, permanecer, mirar, fundirse, y hacer un gesto que termina en foto.
—Lo que yo trato de hacer es fundirme con lo que estoy mirando. Hay que desaparecer para poder ser lo que uno mira.
Para 1991 trabajaba en el periódico Página/12 cuando ganó la beca Hasselblad, y se dedicó a un ensayo —que casi la mata— sobre mujeres presas en la cárcel de Los Hornos, a unos sesenta kilómetros de Buenos Aires.
—Estuve yendo durante todo un año, pero al final, cuando veía la torre de la cárcel, me daban náuseas. Cuando estaba con ellas no había nada mejor que estar ahí, pero llegar era tremendo. Me revolvió todo lo de mi padre, lo de Willy.
Mujeres presas fue su primer libro (Dilan editores, 2001) y, cuando parecía no haber forma de llegar más hondo al núcleo de lo que estaba buscando, en 1995 sucedieron tres cosas: fue la primera argentina en conseguir una beca Guggenheim para fotografía, se casó con el periodista Pablo Reyero, y renunció a su trabajo en Página/12 para emprender un proyecto que se llamó Madres e hijas, su segundo libro (La Azotea, 2003), que resultó consagratorio. Eligió a cuatro madres con hijas de diversas edades y, durante tres años, viajó con ellas, las vio dormir, comer, bañarse. Construyó una narración que comienza con la foto de un nacimiento y termina con una madre a orillas del mar, cubierta por una manta, alejándose, de espaldas a la hija de diez años que, con un abrigo a medio poner, la sigue con la cabeza gacha. La imagen —la madre un tótem que avanza con la certeza de que la niña está detrás; la niña que la sigue como si aceptara, con alivio pero con resignación, la presencia de esa imagen poderosa— está cruzada por la violencia de la separación y por la tremenda certeza del afecto.
—Madres que se separan de sus hijas, mujeres presas separadas de sus afectos. La separación y la ausencia son las dos cosas que atraviesan mi laburo.
Pero fue sólo en 2007 cuando entendió de dónde venía y por qué había florecido todo lo que floreció.
—En 2008 hice una retrospectiva, vi la foto de la Madre de Plaza de Mayo y la nena, y me di cuenta de que todo viene de ahí. En esa foto está todo: la pérdida, la ausencia. Las busqué muchísimo a las dos, sin éxito. El año pasado las encontré. Y supe que el desaparecido no era el marido de la mujer, sino su hermano. Yo siempre pensé que la mujer gritaba por su marido, y la nena por su padre, y no. Pero es lo mismo: el hombre que no está.
Antes de inaugurar esa retrospectiva, le escribió al escritor John Berger, proponiéndole escribir un texto sobre las fotos. “(…) debo decirte que no puedo escribir sobre ellas —respondió Berger— (…) Son tan íntimas —una tercera voz será obscena—. Están tan llenas de narrativa que las palabras son innecesarias”.
Los últimos trabajos incluidos en Lo Que Se Ve son El amor y Villa Gesell. La serie El amor, dedicada a su segundo marido, de quien se separó hace tiempo, empieza con un poema de Pedro Salinas (“Si se estrechan las manos, si se abraza, / nunca es para apartarse, / es porque el alma ciegamente siente / que la forma posible de estar juntos / es una despedida larga, clara. / Y que lo más seguro es el adiós”) y es la única que incluye varias fotos de un hombre: de ese hombre. Pétreo junto a un árbol erizado, en cuclillas entre los pastos altos: la despedida larga y clara. Villa Gesell, la serie final, termina con un autorretrato de Lestido: su pelo oscuro salpicado por virutas de arena que parecen destellos de luz. Detrás, un árbol árido.
—Ese era mi tamarisco, el arbolito que me protegía del viento. Es una foto donde creo que se siente el renacimiento. Por eso la quise poner al final. Después de la limpieza, del dolor de la separación.
La foto es en blanco y negro, y el cielo está ostensiblemente gris, pero Lestido parece una ninfa coronada de luz, una mujer saliendo de las aguas.

Lo Que Se Ve. Adriana Lestido. Clave Intelectual. Madrid, 2013. 296 páginas. 48 euros.

miércoles, 18 de abril de 2012

La foto robada que hizo historia




La foto robada que hizo historia




Un enorme animal prehistórico agonizante y silencioso, ése era el aspecto del crucero General Belgrano en aquellas fotos borrosas tomadas momentos antes de que se fuera a pique. Cuando las proyectaron, nuestra reacción fue la sorpresa y el silencio. Nadie sabía que esas imágenes existían. Ni quién las había tomado. Las vimos por primera vez la tarde del 8 de mayo de 1982, en la antigua redacción del diario The New York Times, a pasos de Times Square. Seis días antes, dos torpedos disparados por el submarino británico Conqueror habían condenado al Belgrano a su último destino, un valle montañoso en el oscuro abismo marino que se extiende más allá de la plataforma continental, a cuatro mil metros de profundidad.
El azar y la generosidad de un colega norteamericano me permitieron estar ese día en la redacción del Times y ser testigo de una de las trágicas primicias de la Guerra de Malvinas: la foto de la catástrofe que más vidas costó en el conflicto. Al día siguiente, la imagen del barco, escorado a babor, con la proa amputada por el primer torpedo, los cañones inútiles apuntando al cielo, convertido en el ataúd de centenares de marinos, fue la noticia dominante en los periódicos y las pantallas de todo el mundo, y quedó para siempre como una cicatriz en la memoria de los argentinos.
Un diálogo al pasar, mientras se diseñaba la portada histórica, fue la primera señal de que algo no encajaba en aquellas fotos. Todo indicaba que eran auténticas, pero no había manera de confirmarlo, ni con quién. Mostrar en medio de una guerra inconclusa el documento de un ataque que había costado 323 vidas resultaba demoledor para el gobierno militar, para quienes todavía combatían en las islas y para millones de argentinos esperanzados con la causa de Malvinas. La decisión final del diario fue que la foto llevara sólo el crédito de Gamma, la agencia que la había vendido. Pero no habría mención alguna del fotógrafo. Vista en perspectiva, resultó una medida premonitoria: cuando las rotativas empezaron a imprimir la edición del domingo 9 de mayo, ya circulaba en la redacción el rumor de que las fotos habían sido obtenidas mediante el pago de un soborno de varios miles de dólares. El rumor mencionaba a un oficial de la Armada como el supuesto destinatario del dinero. En las antípodas de las trincheras, un nuevo escándalo se ponía en marcha.
Llamé a Buenos Aires para alertar al director de la revista Siete Días , de la cual era corresponsal, y su respuesta me recordó de inmediato el clima de temor, censura y paranoia extendida en que se ejercía el periodismo bajo el gobierno militar, situación que se había agudizado con el conflicto. Escuchó la historia y pidió dos o tres precisiones sobre la foto del Belgrano. Después lanzó la pregunta: "¿Vos también vas a colaborar con el servicio de inteligencia inglés?." Era el típico caso de argumentación precoz: la noticia no podía ser otra cosa que una operación del enemigo, un montaje con el que la prensa norteamericana hacía su aporte a la Task Force. El origen espurio de las fotos era, según él, la confirmación de que se trataba de un caso de fotos fraguadas. Fin de la conversación.
Las tres llamadas que recibí más tarde fueron, en ese orden, de la Secretaría de Información Pública de la Presidencia, de la Misión Argentina ante las Naciones Unidas y de la embajada en Washington. Las consultas, que parecían calcadas, revelaban el nerviosismo del gobierno por el impacto que tendría la noticia, pero también exponían una enorme ingenuidad. ¿Existe alguna posibilidad de que The New York Times acepte postergar la publicación de esas fotos?
La hermandad del mar
El teniente de fragata Martín Sgut sintió rabia al ver las fotos del Belgrano en la tapa de La Nacion. En realidad, era rabia y humillación lo que sentía. Eso fue lo que le confesó a su familia.
El 2 de mayo, a las 16.01, cuando el primer torpedo del submarino Conqueror impactó en el crucero y arrancó de la estructura del barco más de quince metros de proa, el teniente Sgut subió como pudo hasta la cubierta, entre el humo, las explosiones y los gritos. La cubierta parecía un campo de batalla por el que deambulaban sin rumbo los heridos. En el momento en que escuchó la orden de abandonar el barco, Sgut reconoció entre los caídos al cabo Escobar, que yacía inmóvil, con quemaduras graves. Bajó entonces otra vez a la cabina, se puso un anorak y tomó una manta para abrigar a Escobar.
Sgut quedó al mando de una balsa salvavidas ocupada por cinco hombres moribundos y otros seis con golpes menores y quemaduras. Acomodó a su lado a Escobar para evitar que se durmiera y, al hacerlo, sintió el bulto de la cámara de 35 milímetros en uno de los bolsillos. El peso de Escobar le impedía moverse, pero alzó la cámara como pudo y tomó las primeras fotos del crucero. Observó como, a unas 150 yardas de distancia, el barco se balanceaba sobre las olas enormes y oscuras mientras seguía escorándose entre las balsas de color naranja. Sgut alcanzó a ver cómo algunas de las balsas, empujadas por el viento, se estrellaban contra las planchas de acero del Belgrano y se desgarraban.
Volvió a tomar la cámara y esta vez alcanzó a distinguir en el visor la pequeña silueta de dos hombres de pie sobre la cubierta. Días más tarde, al ser rescatado, supo que se trataba del comandante del Belgrano, el capitán de navío Héctor Bonzo, y de un suboficial de apellido Barrionuevo. El suboficial había recibido una orden extraña: saltar al mar con Bonzo si éste se resistía a abandonar el barco. No fue necesario. Cristina, la esposa de Sgut, recuerda, aún hoy, las palabras exactas con las que su esposo describió la escena: "Bonzo fue el último, se zambulló de palomita".
El Belgrano se hundió a las cinco de la tarde, una hora después de ser alcanzado por los torpedos. La larga noche de espera sobre las balsas, para muchos, no fue otra cosa que una forma diferente de encontrar la muerte. El teniente Sgut ejerció el mando en la balsa con el rigor que imponían las circunstancias. A falta de morfina, se propuso aliviar al cabo Escobar haciéndole ingerir una pasta que improvisó moliendo los analgésicos que había en la balsa. Pero fue inútil. Escobar dejó de respirar a la madrugada. También ordenó a sus hombres orinar sobre las cantimploras para poder descongelar el agua potable. Cada tanto, estiraba la pierna y golpeaba con la bota al conscripto Chaparro para que no se durmiera. En medio de la oscuridad, cuando la fuerza de las olas empezó a desgarrar las balsas, golpeándolas y encimándolas unas contra otras, tomó la decisión más difícil: cortó las cuerdas que las mantenían unidas y las liberó a su suerte.
Al desembarcar en el puerto de Ushuaia junto con otros sobrevivientes, Sgut tanteó en el bolsillo del anorak para saber si la cámara seguía allí. Estaba sana y al parecer, seca. Era un modesto milagro después de la odisea en la balsa en uno de los mares más hostiles del mundo. No se separó de ella hasta llegar a la base naval de Puerto Belgrano, donde se la entregó en mano a su superior, el comandante Héctor Bonzo. El teniente Sgut no sabía, no podía saberlo, cómo las imágenes que había tomado le cambiarían la vida para siempre. El comandante Bonzo pidió revelar el rollo en la mayor confidencialidad y lo dejó en custodia de técnicos del Servicio de Inteligencia Naval. Se trataba, después de todo, de material sensible tanto en el plano militar como en el de la acción psicológica.
La primicia de The New York Times, seis días después del hundimiento del Belgrano, había disparado toda clase de recriminaciones dentro de la Armada. La Junta de Comandantes pidió que se investigara el episodio como lo que era, la violación de un secreto militar y una burla a las Fuerzas Armadas.
El orgullo herido del teniente y la falta de una respuesta oficial lo impulsaron a hacer su propia pesquisa. Contrató un estudio de abogados en Nueva York, en 1984, e inició acciones legales por 2.750.000 dólares contra The New York Times, Newsweek, Associated Press y la agencia Gamma-Liasson. Un año antes, The Best of Photojournalism, uno de los referentes mundiales de la fotografía periodística, había dedicado las dos primeras páginas del catálogo a la foto del Belgrano. El crédito de la foto era una sola palabra: anonymous.
Al ser interrogado por el juez, en una corte de Nueva York, el teniente aclaró que había cumplido con el deber moral al entregar el rollo a sus superiores, pero se había sentido burlado al reconocer sus fotos en los diarios argentinos. "Hice las tomas con una cámara de aficionado y son el único documento que tenemos del hundimiento. Mis superiores me devolvieron los negativos, es cierto, pero nunca aceptaron hablar de lo sucedido", le explicó al juez.
En su declaración, afirmó que no tenía ningún interés económico en las fotos. El juez debe de haberle creído. Falló a su favor, pero por una suma de 20.000 dólares y le reconoció sus derechos como autor de las fotos. Cristina, la esposa, recuerda muy bien qué pasó con el dinero. "Diez mil dólares fueron para los abogados, tres mil para gastos y con los siete mil restantes compramos un Taunus de segunda mano", dice. Desde el juicio, todo lo que se recauda por los derechos de publicación de las fotos es donado por la familia a la Asociación de Amigos del Crucero General Belgrano".
La Armada, sacudida por el escándalo en pleno conflicto bélico, ordenó investigar el affaire hasta dar con el responsable. El capitán de corbeta José Garimaldi fue juzgado, encontrado culpable y dado de baja por haber duplicado los negativos de las fotos y haberlos vendido sin autorización. Murió en 1994.
El capitán de fragata Martín F. Sgut falleció el 4 de enero de 2010. Fue, obligado por las circunstancias, tal vez el mejor corresponsal de guerra que haya tenido la marina en sus filas.

lunes, 6 de febrero de 2012

Mika Feldman de Etchebéhère, foto Agustí Centelles i Ossó


La argentina Mika Feldman, durante la Guerra Civil. / ARCHIVO CENTELLES (CENTRO DOCUMENTAL DE LA MEMORIA HISTÓRICA)
Hay vidas cargadas de literatura. La de Mika Feldman de Etchebéhère es pura novela desde que nació en Entre Ríos, en la colonia argentina fundada por judíos huidos de la persecución zarista, y murió en París arropada por amigos ateos y bendecida por su asistenta. Entre 1902, año de su nacimiento, y 1992, el de su muerte, el mundo se convulsionó a menudo. Y Mika tenía la llamativa costumbre de estar en el epicentro de estas convulsiones, ya fuese el Berlín de 1933 en pleno ascenso del nazismo o el Madrid acosado por los sublevados contra la Segunda República en 1936.