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miércoles, 13 de noviembre de 2013

Barcelona, «fets de maig de 1937» una barricada en la Rambla, junto ala sede del POUM.

Más de 8500 visitas a esta fotografía de Agustí Centelles desde abril de 2012, impresionante.

Barcelona, «fets de maig de 1937» una barricada en la Rambla, junto a la sede del POUM.

Foto: Agustí Centelles i Ossó, fondo Agustí Centelles, (c) 2012 Archivos estatales, MECyD, Centro Documental de la Memoria Histórica, Salamanca.

Barcelona, mayo de 2012, setenta y cinco años después,


George Orwell:
YO HE SIDO TESTIGO EN BARCELONA. GEORGE ORWELL
Artículo aparecido en la revista inglesa Controversy en agosto de 1937 y también incluido en el número 255 de La Révolution Prolétarienne, 25 de septiembre de 1937. El presente texto no fue incluido en la recopilación Mi guerra de España (Editorial Destino, 1978). George Orwell, que ya había iniciado la redacción de su Homenaje a Cataluña, efectúa en este texto una valoración personal de las Jornadas de Mayo de 1937 en Barcelona de las que fue testigo presencial. Este texto ha sido rescatado en España por Agustín Guillamón.
Ya se ha escrito mucho sobre las revueltas de mayo en Barcelona, y un cuadro sinóptico de los principales acontecimientos ha sido minuciosamente trazado por Fenner Brockway en el panfleto La verdad sobre las jornadas de Barcelona; cuadro que, en mi opinión, es totalmente exacto. Creo, pues, que lo más útil que puedo hacer es añadir simplemente, en mi calidad de testigo ocular algunas notas marginales referentes a algunos puntos particularmente discutidos.
Consideremos, ante todo, la cuestión de la meta perseguida, suponiendo que exista alguna, por la pretendida insurrección.
La prensa comunista ha afirmado que todo había sido una tentativa cuidadosamente preparada para derribar al Gobierno, e incluso para entregar Cataluña a los fascistas, provocando la intervención extranjera en Barcelona. Esta última insinuación es demasiado ridícula para precisar una refutación. ¿Si fuera cierto que el POUM y el ala izquierda de los anarquistas se hubieran aliado a los fascistas, cómo explicar que los milicianos en primera línea no hayan desertado, dejando una brecha abierta en el frente? ¿Cómo explicar que los transportistas, miembros de la CNT, hayan continuado, a pesar de la huelga, el abastecimiento de víveres al frente? Sin embargo, no puedo afirmar con plena certidumbre que un proyecto revolucionario preciso no haya existido en el ánimo de un pequeño número de extremistas, los bolchevique-leninistas en particular (que se tiene la costumbre de llamar trotsquistas),que distribuyeron octavillas en las barricadas. Lo que puedo afirmar es que los hombres de las barricadas no han considerado en ningún momento que tomaron parte en una revolución. Todos teníamos la sensación de estar defendiéndonos de una tentativa de golpe de Estado por parte de los guardias civiles que se habían apoderado por la fuerza de la Central Telefónica, y que aún podían apoderarse de otros locales si no nos mostrábamos determinados a luchar. Mi interpretación de la situación se basa en lo que los hombres hacían y decían realmente en aquel momento, y es la siguiente: los trabajadores bajaron a la calle espontáneamente para defenderse, y sólo había dos cosas que conscientemente querían, la restitución de la Central Telefónica y el desarme de los odiados guardias civiles. Hay que tener en cuenta también el resentimiento causado por la creciente miseria en Barcelona y el lujoso tren de vida de la burguesía. Ahora bien, es probable que existiera la posibilidad de derribar el Gobierno si se hubiera encontrado un jefe capaz de sacar partido. Parece plenamente admitido que el tercer día los obreros estaban en condiciones de tomar el poder en la ciudad; no puede negarse que los guardias civiles estaban profundamente desmoralizados y se rendían en masa. El Gobierno de Valencia podía, ciertamente, enviar tropas frescas para aplastar a los trabajadores (envió seis mil guardias de asalto cuando la lucha había acabado); pero no podía mantener esas tropas en Barcelona si los transportistas decidían no abastecerlos. Sin embargo, de hecho, no se encontró un jefe revolucionario decidido. Los líderes anarquistas desaprobaron toda la acción y dijeron: Volved al trabajo. Los líderes del POUM permanecieron dudosos. Las órdenes que recibimos en las barricadas defendidas por hombres del POUM, órdenes que emanaban directamente de la dirección del POUM, nos conminaban a sostener a la CNT, pero sin disparar, a menos que nos disparasen primero o que nuestros locales fueran atacados. (Personalmente, he sufrido en varias ocasiones el tiroteo, sin disparar como respuesta). Luego, como los víveres iban disminuyendo, los trabajadores, poco a poco, unos tras otros, volvieron al trabajo; y naturalmente, una vez que se les dejó dispersarse sin dificultad, empezaron las represalias.
Saber si se debió sacar partido de la situación revolucionaria es otra cuestión. Si he de dar mi opinión, yo respondería no. En primer lugar, es dudoso que los trabajadores hubiesen podido conservar el poder más de algunas semanas; y, en segundo lugar, ello hubiera significado la pérdida de la guerra contra Franco. Por otra parte, la actitud esencialmente defensiva de los obreros era a todas luces legítima: estuviesen o no en guerra, tenían el derecho de defender lo que habían conquistado en julio del 36. Quizá sea obvio decir que la revolución ha sido definitivamente perdida en esos días de mayo. Pero creo, sin embargo, que es un mal menor, aunque, a decir verdad, muy poco menor, el de perder la revolución que el de perder la guerra.
El segundo punto discutido concierne a los participantes. La táctica de la prensa comunista, casi desde el principio, fue la de pretender que la insurrección era únicamente, o casi únicamente, obra del POUM (secundado por algunos malhechores irresponsables, si hemos de creer el Daily Worker de Nueva York). Cualquiera que estuviese en Barcelona en esa época sabe que es una afirmación absurda. La enorme mayoría de los que defendían las barricadas pertenecían generalmente a la CNT. Y es este un punto importante, pues el POUM ha sido recientemente suprimido como chivo expiatorio de la revuelta de mayo; los cuatrocientos, o más, miembros del POUM, que pueblan en estos momentos las celdas inmundas e infestadas de chinches de Barcelona, lo están, oficialmente, por su participación en los disturbios de mayo. Es, pues, esencial demostrar que por dos buenas razones el POUM no ha sido, ni podía ser el motor. Primera razón: el POUM era un partido minoritario. Si se suma al número de miembros del partido los milicianos en permiso, y los apoyos y simpatizantes de todo tipo, el número de miembros del POUM en la calle no se acercaba ni con mucho a los diez mil (y probablemente no eran más de cinco mil); ahora bien, el número de participantes en la revuelta se cifraba en decenas de millares. Segunda razón: hubo una huelga general, o casi general, que duró varios días. Sin embargo, el POUM no tenía por sí solo poder alguno para desencadenar una huelga, y la huelga no hubiera tenido lugar si los militantes de la CNT no hubiesen querido. En cuanto a los comprometidos en el otro lado de la barricada, el Daily Worker de Londres, en una de sus ediciones, tuvo la desvergüenza de pretender que la insurrección había sido reprimida por el Ejército Popular. Todos saben en Barcelona, y el Daily Worker no puede ignorarlo, que el Ejército Popular ha permanecido neutral y sus tropas no han salido de sus acuartelamientos durante todo el período de disturbios. Algunos soldados, sin embargo, tomaron parte, pero a título individual. Yo he visto dos, uno en las barricadas del POUM.
El tercer punto concierne a la pretendida acumulación de armas del POUM en Barcelona.
Se ha difundido de tal modo este cuento que incluso un observador como H. N. Brailsford, por lo general con gran sentido crítico, lo acepta sin verificarlo, llegando a hablar de tanques y piezas de artillería que el POUM habría robado en los arsenales del Gobierno (New Statesman, 22 de mayo). En realidad, el POUM poseía desgraciadamente pocas armas, tanto en el frente como en la retaguardia. Durante los combates callejeros, estuve en las tres principales fortalezas del POUM, la sede de su Comité Ejecutivo, la del Comité Local y el Hotel Falcón.
Vale la pena enumerar detalladamente el armamento almacenado en estos edificios. Había en total unos ochenta fusiles, algunos de ellos defectuosos, además de algunas viejas armas de distintos modelos, todas fuera de uso por carencia de proyectiles adecuados. En cuanto a las municiones: unos cincuenta cartuchos por fusil, ninguna ametralladora, ni pistolas, ni balas de pistola, algunas cajas de granadas de mano, que además nos habían sido enviadas por la CNT tras el inicio del combate. Un eminente oficial de milicias que me habló sobre el tema pensaba que en Barcelona el POUM poseía en total unos 150 fusiles y una sola ametralladora. Era, pues, como se ve, el armamento justo para los guardias que en esta época, todos los partidos sin excepción, PSUC, CNT-FAI, situaban en sus locales más importantes. ¿Quizá se argumentará que, incluso durante las jornadas de mayo, el POUM continuaba escondiendo sus armas? ¿Pero entonces en qué queda la teoría de la revuelta de mayo, insurrección dirigida por el POUM para derrocar al Gobierno? En realidad, el mayor culpable, y con mucho, en cuanto al tema de las armas retenidas lejos del frente es el propio Gobierno. La infantería en el frente de Aragón estaba mucho peor armada que en Inglaterra un colegio de OTC. Por el contrario, las tropas de la retaguardia, guardias civiles, guardias de asalto, carabineros, que no habían sido destinados al frente, sino a mantener el orden (en realidad: intimidar a los trabajadores) en la retaguardia, estaban armadas hasta los dientes. Las tropas del frente de Aragón tenían fusiles Mauser deteriorados que se encasquillaban generalmente al cabo de cinco disparos, una ametralladora por cada cincuenta hombres, y una pistola o revólver por cada treinta hombres. Y esas armas, tan necesarias en las trincheras de la línea de fuego, no eran distribuidas por el Gobierno, sino que habían de ser compradas ilegalmente y con grandes dificultades. Los guardias de asalto poseían fusiles rusos, flamantemente nuevos, además cada grupo de doce hombres tenía su ametralladora. Estos datos hablan por sí solos. Un Gobierno que envía muchachos de quince años al frente con fusiles viejos con más de cuarenta años, y guarda sus hombres más fuertes y sus armas más modernas en la retaguardia, está manifiestamente más asustado por la revolución que por los fascistas. Ahí está la explicación de la debilidad de la política de guerra de los últimos seis meses, y del compromiso mediante el cual seguramente se terminará la guerra.
Cuando el POUM, la oposición de izquierda (pretendidamente trotsquista) heredera del comunismo español, fue suprimida el 16 y 17 de junio, el hecho en sí mismo no sorprendió a nadie. Ya desde mayo, e incluso desde febrero, era evidente que el POUM sería liquidado si los comunistas conseguían sus propósitos. Sin embargo, lo repentino de la supresión y la mezcla de perfidia y brutalidad con la que fue llevada la acción, cogió a todos, incluso a los líderes, desprevenidos.
Oficialmente, el partido fue suprimido haciendo recaer sobre los jefes del POUM la acusación, repetida durante meses en la prensa comunista sin que fuera tomada en serio por nadie en España, de estar a sueldo de los fascistas.
El 16 de junio, Andrés Nin, el líder del partido, fue arrestado en su despacho. La misma noche, sin previo aviso, la policía irrumpió en el hotel Falcón, una especie de pensión familiar organizada por el POUM y frecuentada principalmente por los milicianos con permiso, deteniendo a todos los que allí se encontraban, sin acusarles de nada en particular. Al día siguiente por la mañana, el POUM fue declarado ilegal, y todos sus locales, no solamente las oficinas, bibliotecas, etc., sino también las librerías y sanatorios para los heridos fueron embargados por la policía. En pocos días casi la totalidad de los cuarenta miembros del Comité Ejecutivo fueron detenidos. Uno o dos de ellos, habiendo conseguido esconderse, fueron obligados a entregarse cuando, con medios sacados de los fascistas, se tomó a sus mujeres como rehenes. Nin fue transferido a Valencia, y de allí, a Madrid, acusado de haber vendido informaciones militares al enemigo. Es inútil decir que las habituales confesiones, las misteriosas cartas escritas con tinta invisible, y otras pruebas, estaban ya listas para salir con tal abundancia que, razonablemente, no se podía considerarlas sino como preparadas con antelación. Hacia el 19 de junio, desde Valencia llegó a Barcelona la noticia de que Nin había sido fusilado. Esperábamos que el rumor fuera falso, pero apenas es necesario subrayar la obligación para el Gobierno de Valencia de fusilar algunos, una docena, quizá líderes del POUM si quiere que sus acusaciones sean tomadas en serio. Durante este tiempo, la base del partido, no solamente los miembros, sino también los soldados pertenecientes a las milicias del POUM, y los simpatizantes o apoyos de cualquier tipo eran arrojados a prisión en cuanto la policía podía capturarlos. Quizá sea imposible realizar una estadística exacta, pero todo indica que, durante la primera semana, hubo más de cuatrocientas detenciones, solamente en Barcelona. Se sabe, sin lugar a dudas, que las prisiones estaban tan llenas que un elevado número de prisioneros hubo de ser encerrado en tiendas y otros depósitos provisionales. Según todas mis investigaciones ninguna distinción se ha hecho en estas detenciones entre los que tomaron parte o no en los disturbios de mayo. En cambio, la prohibición del POUM tuvo validez retroactiva. Dado que el POUM acababa de ser ilegalizado, todos los que, en alguna ocasión, habían pertenecido al POUM fueron considerados infractores de la ley. La policía arrestó incluso a los heridos de los sanatorios. Entre los detenidos en una de las prisiones he visto, por ejemplo, dos hombres conocidos por mí, amputados de una pierna; y también un niño que no tenía más de doce años.
Y hay que pensar en lo que significa prácticamente el encarcelamiento en España en este momento. Sin hablar de la superpoblación de las cárceles provisionales, de las condiciones insalubres, de la falta de luz y aire y de la alimentación inmunda, se da la ausencia total de algo que pudiera parecerse a la legalidad. Nada más legítimo, por ejemplo, que el habeas corpus; pues bien, según la ley actualmente vigente en España, o, en todo caso, según su aplicación actual, cualquiera podía ser encarcelado indefinidamente, no sólo sin juicio, sino incluso sin acusación. Y en tanto no existe acusación, las autoridades pueden, si quieren, incomunicarle (es decir, uno no tiene el derecho de comunicarse ni siquiera con un abogado ni cualquier otra persona ajena a la prisión). Es fácil entender qué valor cabe dar a las confesiones obtenidas en tales condiciones. la situación es peor aún para los más pobres, dada la supresión del Socorro Rojo del POUM, que facilitaba un abogado a los encarcelados, y que ahora ha sido suprimido como otras organizaciones del POUM.
Pero el aspecto más odioso, quizá, de todo sea el haber impedido deliberadamente que toda información sobre estos hechos llegase a las tropas del frente de Aragón, por lo menos durante cinco días o más. Precisamente yo estaba en el frente del 15 al 20 de junio. Me trasladaron en ambulancia a pueblos de segunda línea, Siétamo, Barbastro, Monzón, etcétera. En todos estos lugares, los cuarteles generales de milicias del POUM, sus Comités del Socorro Rojo y demás organizaciones funcionaban normalmente; incluso tan lejos como en Lérida (a 100 kilómetros de Barcelona) y hasta el 20 de junio, absolutamente nadie sabía que el POUM había sido suprimido; no se decía una palabra en los diarios de Barcelona, mientras en el mismo momento en los de Valencia (que no llegaban al frente de Aragón) resplandecía el relato de la traición de Nin.
Como tantos otros camaradas he conocido la amarga experiencia del regreso a Barcelona para encontrarme con la supresión del POUM durante mi ausencia. Por suerte, fui prevenido justo a tiempo para poder escaparme, pero otros no tuvieron ocasión. Todo miliciano del POUM que viniese del frente en esta época podía elegir entre esconderse inmediatamente o ser metido instantáneamente en prisión. ¡Una recepción verdaderamente agradable tras tres o cuatro meses en primera línea del frente! La razón de esto era evidente: la ofensiva de Huesca acababa de empezar, y el Gobierno temía probablemente que si los milicianos del POUM se enteraban de lo que sucedía, estos abandonasen el frente. Personalmente no creo que la fidelidad de los milicianos se hubiera debilitado. Pero, en todo caso, tenían derecho a conocer la verdad. Hay algo indeciblemente odioso en el hecho de enviar hombres al combate (cuando yo abandonaba Siétamo, la lucha ya se había iniciado y los primeros heridos, metidos en las ambulancias, eran zarandeados en las abominables carreteras) ocultándoles que en ese mismo momento, a sus espaldas, su partido era suprimido, sus jefes denunciados como traidores, y sus amigos y parientes metidos en prisión.
El POUM era sin duda el más débil en número de todos los partidos revolucionarios, y su supresión no atañe, sino relativamente, a pocas personas. Según todos los indicios, no habrá en total más que una veintena, de fusilados o condenados a largas penas de prisión, centenares de existencias destrozadas, y algunos millares de perseguidos pasajeramente. Sin embargo, su supresión es, como síntoma, muy importante. En primer lugar, muestra claramente al extranjero lo que ya era evidente a ojos de algunos observadores en España: que el actual Gobierno tiene más puntos de semejanza que de diferencia con el fascismo (Lo que no significa en modo alguno que no valga la pena luchar contra el fascismo más abierto de Franco y Hitler. En cuanto a mí, ya había comprendido desde mayo la tendencia fascista del Gobierno, pero no por eso dejé de ir de nuevo voluntario al frente, como hice).
En segundo lugar, la eliminación del POUM es un signo descorazonador del inminente ataque contra los anarquistas. Ellos son los enemigos que los comunistas realmente temen, mucho más de lo que nunca han temido al POUM, numéricamente insignificante. Los líderes anarquistas han tenido ahora una demostración de los métodos que se emplearán también con ellos: la única esperanza que resta en lo que atañe a la revolución, y probablemente también a la victoria en la guerra, es que la lección les sea útil y se decidan y se preparen para defenderse antes de que sea tarde.

viernes, 4 de mayo de 2012

Barcelona, hechos de mayo de 1937, barricadas en la Ronda de San Antonio.

Barcelona, hechos de mayo de 1937, barricadas en la Ronda de San Antonio.

Foto: Agustí Centelles i Ossó, fondo Centelles, (c) 2012 Archivos estatales, MECyD, Centro Documental de la Memoria Histórica, todos los derechos reservados.

jueves, 3 de mayo de 2012

Barcelona, hechos de mayo de 1937.

Foto: Agustí Centelles i Ossó, fondo Centelles (c) 2012 Archivos estatales del MECyD, Centro Documental de la Memoria HIstórica, TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS.

Barcelona, hechos de mayo de 1937.

Foto: Agustí Centelles i Ossó, fondo CENTELLES (c) 2012 Archivos estatales, MECyD, Centro Documental de la Memoria Histórica, TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS.


Mayo de 1937 
La revolución traicionada

La contrarrevolución en marcha: los hechos antecedentes

El PSUC (Partido Socialista Unificado de Cataluña), de ideología marxista-leninista, fue fundado el 23 de julio de 1936 como producto de la fusión entre las federaciones catalanas del PSOE y del PCE. El POUM (Partido Obrero de Unificación Marxista), cercano al trotskismo, nació el 29 de septiembre de 1935 como resultado de la unificación de laIzquierda Comunista de España (ICE) y el Bloque Obrero y Campesino (BOC).
La tirantez entre el POUM y el PSUC provenía tanto de una lucha hegemónica de ambos grupos comunistas sobre la UGT catalana, como del carácter trotskista del primero. Estaba en plena vigencia la campaña stalinista contra el trotskismo y, en general, contra todos los opositores a su política. El POUM era presentado como agente del fascismo internacional, y quedó eliminado del gobierno de la Generalitat después de la crisis provocada con este fin por el PSUC. En aquella época llegó a Barcelona un barco soviético con víveres y este hecho, que suscitó en verdad fervorosa adhesión popular, y sirvió para que se incrementase una campaña detractora contra el anterior consejero de Abastaos del gobierno de la Generalitat, Domenech, perteneciente a la CNT.
El nuevo gobierno de la Generalitat emprendió una reorganización de los servicios de policía. El consejero de Seguridad Interior, Artemio Ayguadé, comunista que se hacía pasar por republicano, dio posesión de la Comisaría de Policia a Eusebio Rodríguez Salas, afiliado al PSUC. El 23 de enero de 1937, la UGT catalana, bajo la influencia del PSUC, celebró un congreso de pequeños propietarios del campo en que se atacó abiertamente a las colectividades.
A primeros de marzo de 1937, el consejero de Seguridad Interior dictó varios decretos por los que se disolvían el Consejo de Seguridad Interior, formado por los representantes de todos los sectores, los Consejos de Obreros y Soldados y las Patrullas de Control. Asi mismo, se prohibía la afiliación de las fuerzas de orden público, so pena de expulsión. La crisis de gobierno que siguió por espacio de un mes dio lugar a peligrosas tensiones y, el 30 de marzo, el Comité Regional de la CNT cursó una circular a los militares, federaciones y sindicatos, recomendándoles vigilancia y contacto permanente.
El 26 de marzo quedó resuelta esta nueva crisis de la Generalitat con los mismos personajes del anterior gabinete, pero los decretos de Orden Público quedaron en suspensión.
El 25 de abril resultó asesinado cerca de Barcelona el afiliado al PSUC, Roldán Cortada, que antes había sido afiliado a la CNT (y, por cierto, firmante del famoso manifiesto de los Treinta). En respuesta, fueron detenidos varios anarquistas a quienes no se pudo probar ninguna responsabilidad en el hecho. En el entierro de Cortada, al que asistieron fuerzas armadas y de policia, se gritaron consignas contra los anarquistas. Se siguieron diversos incidentes, con la muerte de tres militantes de la CNT dos días después.
Companys había decidido abandonar la táctica de un gobierno de la Generalitat de unidad antifascista para adoptar la postura propugnada por Joan Comorera, secretario del PSUC, que consistía en imponer por la fuerza un gobierno «fuerte» que no tolerase ya una CNT incapaz de meter en cintura a sus propios militantes, calificados como «incontrolados». Así pues, Companys estaba decidido a romper una política de pactos con la CNT, cada vez más difícil, y creyó que había llegado la hora, gracias al apoyo del PSUC y los soviéticos, de imponer por la fuerza la autoridad y decisiones de un gobierno de la Generalitat que, como los hechos demostraron, aún no era lo bastante poderosa como para dejar de negociar con la CNT. Esto desembocó directamente en los enfrentamientos armados de mayo.
El 1 de mayo, la fuerza pública practicó numerosos cacheos en la calle. Fueron desarmados y detenidos numerosos militantes de la CNT. El 2 de mayo Solidaridad Obrera lanzaría la siguiente consigna:
"¡Trabajadores: que nadie se deje desarmar bajo ningún concepto!"

La lucha en las calles de Barcelona

La situación conflictiva entre las tendencias que se proponían la revolución por la base, y la conquista del poder político por la cúspide, culminó el mismo día 2 con el ataque por sorpresa de doscientas unidades de las Fuerzas de Asalto de la Comisaria de Orden Público al edificio de la Telefónica. Esta entidad estaba incautada por la CNT y la UGT, de acuerdo con el decreto de Colectivizaciones en vigor. La orden de ocupación procedía de Artemio Ayguadé, que tomó la decisión sin contar con los demás miembros del gobierno catalán, pero su actitud fue desestimada por los trabajadores, que cerraron el paso de la fuerza pública hacia los pisos superiores, a la vez que comunicaban la noticia a toda la organziación confederal.
Los militantes cenetistas organizaron una dura resistencia gracias a una ametralladora instalada estratégicamente. La noticia se propagó rápidamente. De forma inmediata se levantaron barricadas en toda la ciudad. No debe hablarse de una reacción espontánea de la clase obrera barcelonesa, porque la huelga general, los enfrentamientos armados con las fuerzas de policía y las barricadas fueron fruto de la iniciativa tomada por el Comité de Investigación de la CNT-FAI y los Comités de Defensa, rápidamente secundada gracias a la existencia de un enorme descontento generalizado.
El día 3, la increíble lucha se plantó y se propagó a la calle. Se habían formado dos bandos: la fuerza pública -cuya apoliticidad se había pretendido-, el PSUC, la UGT y los extremista de Estat Catalá, por un lado. La CNT-FAI, Juventudes Libertarias y POUM por otro. La reacción al intento de ocupación de la Telefónica partió de los militantes anarcosindicalistas de base, en desacuerdo con los Comités orgánicos representativos, que trataron de apaciguar la situación.
Nuevamente, como en julio de 1936, la lucha fue asumida por los Comités Confederales de Defensa de los Barrios que se adueñaron de las barriadas extremas. Sus adversarios dominaron sistios estratégicos de la ciudad. Numerosos puntos de uno y otro bando quedaron aislados y sistiados en el centro.
Barricadas en los sucesos de mayo de 1937. La contrarrevolución  comunista.
Barricadas en mayo del 37 en Barcelona.
Los Amigos de Durruti fueron los combatientes más activos en las barricadas, y dominaron completamente la plaza Maciá (ahora plaza Real), con todos los accesos bloqueados con barricadas, y la calle Hospital en toda su longitud. En el cruce Ramblas/ calle Hospital, bajo un enorme retrato de Durruti colocado en la fachada del piso donde estaba la sede de la Agrupación, levantaron una barricada donde establecieron su centro de operaciones. El absoluto control de la calle Hospital enlazaba con la sede del Comité de Defensa Confederal (cuartel central de los Comités de Defensa), en Los Escolapios de la Ronda San Pablo, y de allí con la Brecha de San Pablo, tomada por una cuarentena de milicianos de la Rojinegra, que al mando del durrutista Máximo Franco habían «bajado a Barcelona» en labor de «observación e información», después que tanto la Columna Rojinegra como la Lenin (del POUM), mandada por Rovira, hubieran cedido a las presiones recibidas para que sus respectivas unidades regresaran al frente.
Los Comités de la CNT tratataban de demostrar la extralimitación de funciones del consejero de Seguridad Interior y mientras, la radio CNT-FAI, difundía sin cesar procalamas tendetes a imponer el "alto el fuego". Estas proclamas frenaron el impulso ofensivo de los cuadros de base, desconcertados por la actitud conciliadora de los Comités responsables. Estas vacilaciones eran aprovechadas por sus enemigos para conquistar nuevas posiciones.
Desde los micrófonos oficiales los dirigentes político instaban también a la concordia, Por su parte, el gobierno central dictó severas medidas contra la "sublevación" de Barcelona. Federica Montseny y García Oliver, miembros de la CNT en el gobierno central, salieron precipitadamente para Barcelona, con la misión de mediar en la lucha. García Oliver dijo en su alocución:
"Camaradas, por la unidad antifascistas, por la unidad proletaria, por los que cayeron en la lucha, no hagáis caso de las provocaciones."
Habiendo exigido Companys el establecimiento de la supremacía de la fuerza pública en la calle, la lucha se recrudeció. El día 5 dimitió el gobierno de la Generalitat, y la CNT exigió la dimisión de Ayguadé. El comité Regional Conbfederal propuso una gran tregua, manteniéndose los combatientes en sus respectivas posiciones. La política de apaciguamiento de los Comités Confederales produjo hondo disgusto y confusión entre los combatientes de los sindciatos. Por otra parte, las treguas acordadas servían para que las fuerzas de asalto t sus aliados mejoraran sus posiciones. El 5 de mayo las Federacione Locales de la UGT y la CNT intimaron a todos los trabajadores a reintegrarse al trabajo. Al mismo tiempo, el gobierno central decretó la incautación del orden público en Cataluña y envió a Barcelona fuerzas militares expedicionarias. Barcos de la flota republicana zarparon en direción a Barcelona.
Los contrarrevolucionarios aprovecharon la ausencia de tropas anarcosindicalistas en las calles -bien por los llamamientos desde la radio o bien porque estaban en el frente- para ocupar el Palacio de Justicia, atacar los edificios de la Unión Médica y de la Federación Local de las Juventudes Libertarias. La llegada de nuevas unidades de guardias de asalto, consiguieron practicamente desarmar a la resistencia anarcosindicalista (entre otros a los Amigos de Durruti) y del POUM.
Foto de Federica Montseny.
Juan García Oliver
Instantanea en el momento en el que interviene por radio pidiendo el cese de los enfrentamientos en la ciudad.
El día 6, la CNT-FAI propusieron el abandono de las barricadas que, al parecer, fue aceptado por los combatientes confederales, que en su fuero interno consideraban aquello como uan claudicación revolucionaria suicida. El día 7 entraron en Barcelona las fuerzas expedicionarias, al mando del teniente coronel Emilio Torres, que gozaba de simpatías en los medios anarcosindicalistas por haber sido comandante de la columna "Tierra y LIbertad". La propia CNT insinuó la designación de ese viejo amigo como jefe de las fuerzas expedicionarias, al objeto de hacerse obedecer por los compañeros, y en evitación de subsiguientes represalias.
Al fin se logró el apaciguamiento y la CNT creyó, o quiso creer en la vistualidad de aquella paz, pero la verdad fue que a partir de aquel momento, el equilibrio de fuerzas políticas en Cataluña se venció del lado de sus adversarios. El ataque unilateral partido de la secretaría de Orden Público de la Generalitat no se comprendería sin la parcialidad de Companys. El mismo Companys, que diez meses antes abdicara su poder ante los anarcosindicalistas vencedores en la calle contra el fascismo. Los grupos políticos a los que aquéllos concedieron carta de naturaleza lograron concitar contra la CNT-FAI fuerzas sañudas que no podían perdonarle las realizaciones revolucionarias.
La contrarrevolución republicana-stalinista había triunfado y se formó un nuevo Gobierno de coalición -en un intento de mantener la ficción de la unidad-, siempre presidido por Companys. El gobierno de la Generalitat se transformó en un Consejo Ejecutivo muy restringido, compuesto por Valerio Mas (CNT), Rafael Vidiella (UGT) y un representante de la Esquerra. A principios de julio de 1937 la jefatura de policía sería ocupada por el comunista Burillo.
En las luchas de Barcelona los anarcosindicalistas perdieron, entre otros militantes destacados, a Camilo Berneri, a Domingo Ascaso y a Francisco Martínez (de la FIJL). En represiones posteriores desaparecieron doce militantes de la barriada de San Andrés, cuyos cadáveres aparecerían días después terriblemente desfigurados en el cementerio de Cerdanyola. La represión que siguió se haría merced incluso a los resortes legales, ya la representación confederal en el estamento del goierno sería incapaz para evitarla.
Cavaeres anarquistas, asesinados por los comunistas.
Cadáveres de jóvenes libertarios asesinados por la represión comunista.
Estos acontecimiento tendrían trascendental influencia en el porvenir de la República y en cuanto a sus posibilidades de ganar la guerra. El PSUC cometió un grave error en su intento de desnivelar a su favor el equilibrio político de Cataluña, apoyándose en la lograda conjunción de todas las fuerzas anti-revolucionarias y en la neutralidad sospechosa de la Esquerra, porque allí se arruinó la aspiración de la unidad que, si bien en precario, había tenido fases un tanto líricas, como la inaugurada en enero de 1937 con reuniones del Comité Central del Partido Comunista y el Comité Nacional de la CNT, tendentes a subsanar fricciones producidas por la base. La unidad quedaría en lo sucesivo como mero tema para la propaganda y el proselitismo partidista, pero la verdad es que la base de coincidencias que sostenían la República iba reduciéndose en un proceso irreversible y alarmante. Porque por otra parte, los acontecimientos de mayo iban a potenciar la inmediata marginación del socialismo de izquierda y la caida del gobierno de Largo Caballero, que daría vía libre a la persecución indiscriminada contra el POUM.



Barcelona, hechos de mayo de 1937.

Sede sindical de la CNT AIT, foto Agustí Centelles i Ossó, fondo CENTELLES (c) 2012 Archivos estatales del MECyD, Centro Documental de la Memoria Histórica,TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS.

Barcelona, hechos de mayo de 1937.

Foto: Agustí Centelles i Ossó, fondo CENTELLES (c) 2012 Archivos estatales del MECyD, Centro Documental de la Memoria Histórica, TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS.

Agustí Centelles i Ossó en flickr.com


Barcelona, 14 de julio de 2010, acto en memoria de Agustí Centelles en el
estudio fotográfico que instaló en la calle Ciutat de Balaguer, nos acompañaron
el alcalde Hereu y el concejal Jordi Martí, foto cedida.

Agustí Centelles i Ossó en flickr.com

martes, 1 de mayo de 2012

Barcelona, «fets de Maig de 1937», voluntarios retiran las barricadasde la ciudad.

Barcelona, «fets de Maig de 1937», voluntarios retiran las barricadas de la ciudad.

Foto: Agustí Centelles i Ossó, fondo Agustí Centelles, (c) 2012 Archivos estatales, MECyD, Centro Documental de la Memoria Histórica, Salamanca. TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS, 

lunes, 30 de abril de 2012

Barcelona, 2 de mayo de 1937



foto

Barcelona, «fets de maig de 1937» grupo de milicianos (posiblemente del POUM) en una barricada.

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  1. Ver imagen en flickr.com Barcelona, 3,4 de mayo de 1937
    barricadas en las calles de la Ciutat Condal. 
    Octavi Centelles (hace 14 horas)
    Las Jornadas de Mayo de 1937, muchas veces llamadas también Sucesos de Mayo, Sucesos de Barcelona o Hechos de Barcelona, son una serie de enfrentamientos sucedidos principalmente entre el 3 y el 8 de mayo de 1937 en diversas localidades de las provincias de Cataluña, con epicentro en la ciudad de Barcelona, que enfrentaban a los grupos Anarquistas y Trotskistas (partidarios de la Revolución), por un lado, y al Estado republicano, la Generalidad de Cataluña y algunos grupos políticos, por otro lado. Fue el punto culminante del enfrentamiento entre la legalidad republicana de la preguerra y la Revolución, que estaban en roce constante desde el 18 de julio de 1936.
    El 2 de mayo el ministro de Marina y Aire, Indalecio Prieto, telefoneó a la Generalitat desde Valencia...
    El 3 de mayo Un cuerpo de 200 policías mandados por el consejero de Orden Público de la Generalidad de Cataluña, Rodríguez Salas, se dirigió a la central de la Teléfonica y se personó en el departamento de censura (situado en la segunda planta) con la intención de tomar el control del edificio.. Aquello pareció a los anarquistas una provocación...
    El 4 de mayo Barcelona estaba sumida en el silencio, sólo interrumpido por el fuego de fusiles y ametralladoras. Los comercios y edificios estaban cubiertos por barricadas. Bandas armadas de anarquistas atacaron los cuarteles de la Guardia de Asalto y edificios gubernamentales
    El 5 de mayo, Tarradellas, respaldado por el presidente Companys, seguía negándose a acceder a la exigencia anarquista de que dimitieran Rodríguez Salas y Ayguadé
    El 6 de mayo, durante la madrugada la CNT llama una vez más a los trabajadores a regresar al trabajo que se observó durante la mañana, aunque los llamamientos para volver al trabajo fueron desatendidos, más por miedo que por obstinación.2 Por la tarde, no obstante, se reanudaron los combates. En un cine resultaron muertos varios guardias de la GNR por disparos de una pieza de artillería de 75 mm. que habían traído de la costa varios miembros de las juventudes libertarias
    ...aproximadamente 5.000 miembros,1 la mayoría de ellos Guardias de Asalto, parten de Madrid y Valencia hacia la capital catalana. Por la noche dos destructores republicanos, acompañados por el acorazado Jaime I llegaron al puerto de Barcelona procedentes de Valencia y cargados de hombres armados
    7 de mayo... a las ocho y veinte de la mañana llega la expedición de los Guardias de Asalto a Barcelona, ocupando distintos puntos neurálgicos de la ciudad. Algunos vienen por carretera desde Valencia,
    8 de mayo, las calles vuelven a la normalidad con algunos incidentes aislados y se empiezan a desmontar las barricadas. Los disturbios de Barcelona habían acabado finalmente.

George Orwell, Barcelona, mayo de 1937



Comentarios y favoritas

  1. George Orwell:
    YO HE SIDO TESTIGO EN BARCELONA. GEORGE ORWELL
    Artículo aparecido en la revista inglesa Controversy en agosto de 1937 y también incluido en el número 255 de La Révolution Prolétarienne, 25 de septiembre de 1937. El presente texto no fue incluido en la recopilación Mi guerra de España (Editorial Destino, 1978). George Orwell, que ya había iniciado la redacción de su Homenaje a Cataluña, efectúa en este texto una valoración personal de las Jornadas de Mayo de 1937 en Barcelona de las que fue testigo presencial. Este texto ha sido rescatado en España por Agustín Guillamón.
    Ya se ha escrito mucho sobre las revueltas de mayo en Barcelona, y un cuadro sinóptico de los principales acontecimientos ha sido minuciosamente trazado por Fenner Brockway en el panfleto La verdad sobre las jornadas de Barcelona; cuadro que, en mi opinión, es totalmente exacto. Creo, pues, que lo más útil que puedo hacer es añadir simplemente, en mi calidad de testigo ocular algunas notas marginales referentes a algunos puntos particularmente discutidos.
    Consideremos, ante todo, la cuestión de la meta perseguida, suponiendo que exista alguna, por la pretendida insurrección.
    La prensa comunista ha afirmado que todo había sido una tentativa cuidadosamente preparada para derribar al Gobierno, e incluso para entregar Cataluña a los fascistas, provocando la intervención extranjera en Barcelona. Esta última insinuación es demasiado ridícula para precisar una refutación. ¿Si fuera cierto que el POUM y el ala izquierda de los anarquistas se hubieran aliado a los fascistas, cómo explicar que los milicianos en primera línea no hayan desertado, dejando una brecha abierta en el frente? ¿Cómo explicar que los transportistas, miembros de la CNT, hayan continuado, a pesar de la huelga, el abastecimiento de víveres al frente? Sin embargo, no puedo afirmar con plena certidumbre que un proyecto revolucionario preciso no haya existido en el ánimo de un pequeño número de extremistas, los bolchevique-leninistas en particular (que se tiene la costumbre de llamar trotsquistas),que distribuyeron octavillas en las barricadas. Lo que puedo afirmar es que los hombres de las barricadas no han considerado en ningún momento que tomaron parte en una revolución. Todos teníamos la sensación de estar defendiéndonos de una tentativa de golpe de Estado por parte de los guardias civiles que se habían apoderado por la fuerza de la Central Telefónica, y que aún podían apoderarse de otros locales si no nos mostrábamos determinados a luchar. Mi interpretación de la situación se basa en lo que los hombres hacían y decían realmente en aquel momento, y es la siguiente: los trabajadores bajaron a la calle espontáneamente para defenderse, y sólo había dos cosas que conscientemente querían, la restitución de la Central Telefónica y el desarme de los odiados guardias civiles. Hay que tener en cuenta también el resentimiento causado por la creciente miseria en Barcelona y el lujoso tren de vida de la burguesía. Ahora bien, es probable que existiera la posibilidad de derribar el Gobierno si se hubiera encontrado un jefe capaz de sacar partido. Parece plenamente admitido que el tercer día los obreros estaban en condiciones de tomar el poder en la ciudad; no puede negarse que los guardias civiles estaban profundamente desmoralizados y se rendían en masa. El Gobierno de Valencia podía, ciertamente, enviar tropas frescas para aplastar a los trabajadores (envió seis mil guardias de asalto cuando la lucha había acabado); pero no podía mantener esas tropas en Barcelona si los transportistas decidían no abastecerlos. Sin embargo, de hecho, no se encontró un jefe revolucionario decidido. Los líderes anarquistas desaprobaron toda la acción y dijeron: Volved al trabajo. Los líderes del POUM permanecieron dudosos. Las órdenes que recibimos en las barricadas defendidas por hombres del POUM, órdenes que emanaban directamente de la dirección del POUM, nos conminaban a sostener a la CNT, pero sin disparar, a menos que nos disparasen primero o que nuestros locales fueran atacados. (Personalmente, he sufrido en varias ocasiones el tiroteo, sin disparar como respuesta). Luego, como los víveres iban disminuyendo, los trabajadores, poco a poco, unos tras otros, volvieron al trabajo; y naturalmente, una vez que se les dejó dispersarse sin dificultad, empezaron las represalias.
    Saber si se debió sacar partido de la situación revolucionaria es otra cuestión. Si he de dar mi opinión, yo respondería no. En primer lugar, es dudoso que los trabajadores hubiesen podido conservar el poder más de algunas semanas; y, en segundo lugar, ello hubiera significado la pérdida de la guerra contra Franco. Por otra parte, la actitud esencialmente defensiva de los obreros era a todas luces legítima: estuviesen o no en guerra, tenían el derecho de defender lo que habían conquistado en julio del 36. Quizá sea obvio decir que la revolución ha sido definitivamente perdida en esos días de mayo. Pero creo, sin embargo, que es un mal menor, aunque, a decir verdad, muy poco menor, el de perder la revolución que el de perder la guerra.
    El segundo punto discutido concierne a los participantes. La táctica de la prensa comunista, casi desde el principio, fue la de pretender que la insurrección era únicamente, o casi únicamente, obra del POUM (secundado por algunos malhechores irresponsables, si hemos de creer el Daily Worker de Nueva York). Cualquiera que estuviese en Barcelona en esa época sabe que es una afirmación absurda. La enorme mayoría de los que defendían las barricadas pertenecían generalmente a la CNT. Y es este un punto importante, pues el POUM ha sido recientemente suprimido como chivo expiatorio de la revuelta de mayo; los cuatrocientos, o más, miembros del POUM, que pueblan en estos momentos las celdas inmundas e infestadas de chinches de Barcelona, lo están, oficialmente, por su participación en los disturbios de mayo. Es, pues, esencial demostrar que por dos buenas razones el POUM no ha sido, ni podía ser el motor. Primera razón: el POUM era un partido minoritario. Si se suma al número de miembros del partido los milicianos en permiso, y los apoyos y simpatizantes de todo tipo, el número de miembros del POUM en la calle no se acercaba ni con mucho a los diez mil (y probablemente no eran más de cinco mil); ahora bien, el número de participantes en la revuelta se cifraba en decenas de millares. Segunda razón: hubo una huelga general, o casi general, que duró varios días. Sin embargo, el POUM no tenía por sí solo poder alguno para desencadenar una huelga, y la huelga no hubiera tenido lugar si los militantes de la CNT no hubiesen querido. En cuanto a los comprometidos en el otro lado de la barricada, el Daily Worker de Londres, en una de sus ediciones, tuvo la desvergüenza de pretender que la insurrección había sido reprimida por el Ejército Popular. Todos saben en Barcelona, y el Daily Worker no puede ignorarlo, que el Ejército Popular ha permanecido neutral y sus tropas no han salido de sus acuartelamientos durante todo el período de disturbios. Algunos soldados, sin embargo, tomaron parte, pero a título individual. Yo he visto dos, uno en las barricadas del POUM.
    El tercer punto concierne a la pretendida acumulación de armas del POUM en Barcelona.
    Se ha difundido de tal modo este cuento que incluso un observador como H. N. Brailsford, por lo general con gran sentido crítico, lo acepta sin verificarlo, llegando a hablar de tanques y piezas de artillería que el POUM habría robado en los arsenales del Gobierno (New Statesman, 22 de mayo). En realidad, el POUM poseía desgraciadamente pocas armas, tanto en el frente como en la retaguardia. Durante los combates callejeros, estuve en las tres principales fortalezas del POUM, la sede de su Comité Ejecutivo, la del Comité Local y el Hotel Falcón.
    Vale la pena enumerar detalladamente el armamento almacenado en estos edificios. Había en total unos ochenta fusiles, algunos de ellos defectuosos, además de algunas viejas armas de distintos modelos, todas fuera de uso por carencia de proyectiles adecuados. En cuanto a las municiones: unos cincuenta cartuchos por fusil, ninguna ametralladora, ni pistolas, ni balas de pistola, algunas cajas de granadas de mano, que además nos habían sido enviadas por la CNT tras el inicio del combate. Un eminente oficial de milicias que me habló sobre el tema pensaba que en Barcelona el POUM poseía en total unos 150 fusiles y una sola ametralladora. Era, pues, como se ve, el armamento justo para los guardias que en esta época, todos los partidos sin excepción, PSUC, CNT-FAI, situaban en sus locales más importantes. ¿Quizá se argumentará que, incluso durante las jornadas de mayo, el POUM continuaba escondiendo sus armas? ¿Pero entonces en qué queda la teoría de la revuelta de mayo, insurrección dirigida por el POUM para derrocar al Gobierno? En realidad, el mayor culpable, y con mucho, en cuanto al tema de las armas retenidas lejos del frente es el propio Gobierno. La infantería en el frente de Aragón estaba mucho peor armada que en Inglaterra un colegio de OTC. Por el contrario, las tropas de la retaguardia, guardias civiles, guardias de asalto, carabineros, que no habían sido destinados al frente, sino a mantener el orden (en realidad: intimidar a los trabajadores) en la retaguardia, estaban armadas hasta los dientes. Las tropas del frente de Aragón tenían fusiles Mauser deteriorados que se encasquillaban generalmente al cabo de cinco disparos, una ametralladora por cada cincuenta hombres, y una pistola o revólver por cada treinta hombres. Y esas armas, tan necesarias en las trincheras de la línea de fuego, no eran distribuidas por el Gobierno, sino que habían de ser compradas ilegalmente y con grandes dificultades. Los guardias de asalto poseían fusiles rusos, flamantemente nuevos, además cada grupo de doce hombres tenía su ametralladora. Estos datos hablan por sí solos. Un Gobierno que envía muchachos de quince años al frente con fusiles viejos con más de cuarenta años, y guarda sus hombres más fuertes y sus armas más modernas en la retaguardia, está manifiestamente más asustado por la revolución que por los fascistas. Ahí está la explicación de la debilidad de la política de guerra de los últimos seis meses, y del compromiso mediante el cual seguramente se terminará la guerra.
    Cuando el POUM, la oposición de izquierda (pretendidamente trotsquista) heredera del comunismo español, fue suprimida el 16 y 17 de junio, el hecho en sí mismo no sorprendió a nadie. Ya desde mayo, e incluso desde febrero, era evidente que el POUM sería liquidado si los comunistas conseguían sus propósitos. Sin embargo, lo repentino de la supresión y la mezcla de perfidia y brutalidad con la que fue llevada la acción, cogió a todos, incluso a los líderes, desprevenidos.
    Oficialmente, el partido fue suprimido haciendo recaer sobre los jefes del POUM la acusación, repetida durante meses en la prensa comunista sin que fuera tomada en serio por nadie en España, de estar a sueldo de los fascistas.
    El 16 de junio, Andrés Nin, el líder del partido, fue arrestado en su despacho. La misma noche, sin previo aviso, la policía irrumpió en el hotel Falcón, una especie de pensión familiar organizada por el POUM y frecuentada principalmente por los milicianos con permiso, deteniendo a todos los que allí se encontraban, sin acusarles de nada en particular. Al día siguiente por la mañana, el POUM fue declarado ilegal, y todos sus locales, no solamente las oficinas, bibliotecas, etc., sino también las librerías y sanatorios para los heridos fueron embargados por la policía. En pocos días casi la totalidad de los cuarenta miembros del Comité Ejecutivo fueron detenidos. Uno o dos de ellos, habiendo conseguido esconderse, fueron obligados a entregarse cuando, con medios sacados de los fascistas, se tomó a sus mujeres como rehenes. Nin fue transferido a Valencia, y de allí, a Madrid, acusado de haber vendido informaciones militares al enemigo. Es inútil decir que las habituales confesiones, las misteriosas cartas escritas con tinta invisible, y otras pruebas, estaban ya listas para salir con tal abundancia que, razonablemente, no se podía considerarlas sino como preparadas con antelación. Hacia el 19 de junio, desde Valencia llegó a Barcelona la noticia de que Nin había sido fusilado. Esperábamos que el rumor fuera falso, pero apenas es necesario subrayar la obligación para el Gobierno de Valencia de fusilar algunos, una docena, quizá líderes del POUM si quiere que sus acusaciones sean tomadas en serio. Durante este tiempo, la base del partido, no solamente los miembros, sino también los soldados pertenecientes a las milicias del POUM, y los simpatizantes o apoyos de cualquier tipo eran arrojados a prisión en cuanto la policía podía capturarlos. Quizá sea imposible realizar una estadística exacta, pero todo indica que, durante la primera semana, hubo más de cuatrocientas detenciones, solamente en Barcelona. Se sabe, sin lugar a dudas, que las prisiones estaban tan llenas que un elevado número de prisioneros hubo de ser encerrado en tiendas y otros depósitos provisionales. Según todas mis investigaciones ninguna distinción se ha hecho en estas detenciones entre los que tomaron parte o no en los disturbios de mayo. En cambio, la prohibición del POUM tuvo validez retroactiva. Dado que el POUM acababa de ser ilegalizado, todos los que, en alguna ocasión, habían pertenecido al POUM fueron considerados infractores de la ley. La policía arrestó incluso a los heridos de los sanatorios. Entre los detenidos en una de las prisiones he visto, por ejemplo, dos hombres conocidos por mí, amputados de una pierna; y también un niño que no tenía más de doce años.
    Y hay que pensar en lo que significa prácticamente el encarcelamiento en España en este momento. Sin hablar de la superpoblación de las cárceles provisionales, de las condiciones insalubres, de la falta de luz y aire y de la alimentación inmunda, se da la ausencia total de algo que pudiera parecerse a la legalidad. Nada más legítimo, por ejemplo, que el habeas corpus; pues bien, según la ley actualmente vigente en España, o, en todo caso, según su aplicación actual, cualquiera podía ser encarcelado indefinidamente, no sólo sin juicio, sino incluso sin acusación. Y en tanto no existe acusación, las autoridades pueden, si quieren, incomunicarle (es decir, uno no tiene el derecho de comunicarse ni siquiera con un abogado ni cualquier otra persona ajena a la prisión). Es fácil entender qué valor cabe dar a las confesiones obtenidas en tales condiciones. la situación es peor aún para los más pobres, dada la supresión del Socorro Rojo del POUM, que facilitaba un abogado a los encarcelados, y que ahora ha sido suprimido como otras organizaciones del POUM.
    Pero el aspecto más odioso, quizá, de todo sea el haber impedido deliberadamente que toda información sobre estos hechos llegase a las tropas del frente de Aragón, por lo menos durante cinco días o más. Precisamente yo estaba en el frente del 15 al 20 de junio. Me trasladaron en ambulancia a pueblos de segunda línea, Siétamo, Barbastro, Monzón, etcétera. En todos estos lugares, los cuarteles generales de milicias del POUM, sus Comités del Socorro Rojo y demás organizaciones funcionaban normalmente; incluso tan lejos como en Lérida (a 100 kilómetros de Barcelona) y hasta el 20 de junio, absolutamente nadie sabía que el POUM había sido suprimido; no se decía una palabra en los diarios de Barcelona, mientras en el mismo momento en los de Valencia (que no llegaban al frente de Aragón) resplandecía el relato de la traición de Nin.
    Como tantos otros camaradas he conocido la amarga experiencia del regreso a Barcelona para encontrarme con la supresión del POUM durante mi ausencia. Por suerte, fui prevenido justo a tiempo para poder escaparme, pero otros no tuvieron ocasión. Todo miliciano del POUM que viniese del frente en esta época podía elegir entre esconderse inmediatamente o ser metido instantáneamente en prisión. ¡Una recepción verdaderamente agradable tras tres o cuatro meses en primera línea del frente! La razón de esto era evidente: la ofensiva de Huesca acababa de empezar, y el Gobierno temía probablemente que si los milicianos del POUM se enteraban de lo que sucedía, estos abandonasen el frente. Personalmente no creo que la fidelidad de los milicianos se hubiera debilitado. Pero, en todo caso, tenían derecho a conocer la verdad. Hay algo indeciblemente odioso en el hecho de enviar hombres al combate (cuando yo abandonaba Siétamo, la lucha ya se había iniciado y los primeros heridos, metidos en las ambulancias, eran zarandeados en las abominables carreteras) ocultándoles que en ese mismo momento, a sus espaldas, su partido era suprimido, sus jefes denunciados como traidores, y sus amigos y parientes metidos en prisión.
    El POUM era sin duda el más débil en número de todos los partidos revolucionarios, y su supresión no atañe, sino relativamente, a pocas personas. Según todos los indicios, no habrá en total más que una veintena, de fusilados o condenados a largas penas de prisión, centenares de existencias destrozadas, y algunos millares de perseguidos pasajeramente. Sin embargo, su supresión es, como síntoma, muy importante. En primer lugar, muestra claramente al extranjero lo que ya era evidente a ojos de algunos observadores en España: que el actual Gobierno tiene más puntos de semejanza que de diferencia con el fascismo (Lo que no significa en modo alguno que no valga la pena luchar contra el fascismo más abierto de Franco y Hitler. En cuanto a mí, ya había comprendido desde mayo la tendencia fascista del Gobierno, pero no por eso dejé de ir de nuevo voluntario al frente, como hice).
    En segundo lugar, la eliminación del POUM es un signo descorazonador del inminente ataque contra los anarquistas. Ellos son los enemigos que los comunistas realmente temen, mucho más de lo que nunca han temido al POUM, numéricamente insignificante. Los líderes anarquistas han tenido ahora una demostración de los métodos que se emplearán también con ellos: la única esperanza que resta en lo que atañe a la revolución, y probablemente también a la victoria en la guerra, es que la lección les sea útil y se decidan y se preparen para defenderse antes de que sea tarde.

Barcelona, «fets de maig de 1937» grupo de milicianos (posiblemente del POUM) en una barricada.

Barcelona, «fets de maig de 1937» grupo de milicianos (posiblemente del POUM) en una barricada.


Artículo en wikipedia,


Las Jornadas de Mayo de 1937, muchas veces llamadas también Sucesos de Mayo, Sucesos de Barcelona o Hechos de Barcelona, son una serie de enfrentamientos armados sucedidos principalmente entre el 3 y el 8 de mayo de 1937 en diversas localidades de las provincias de Cataluña, con epicentro en la ciudad de Barcelona, que enfrentaban a los grupos Anarquistas y Trotskistas (partidarios de la Revolución), por un lado, y al Estado republicano, la Generalidad de Cataluña y algunos grupos políticos, por otro lado. Fue el punto culminante del enfrentamiento entre la legalidad republicana de la preguerra y la Revolución, que estaban en roce constante desde el 18 de julio de 1936.


El 2 de mayo el ministro de Marina y Aire, Indalecio Prieto, telefoneó a la Generalitat desde Valencia...


El 3 de mayo   Un cuerpo de 200 policías mandados por el consejero de Orden Público de la Generalidad de Cataluña, Rodríguez Salas, se dirigió a la central de la Teléfonica y se personó en el departamento de censura (situado en la segunda planta) con la intención de tomar el control del edificio.11 Aquello pareció a los anarquistas una provocación.


El 4 de mayo Barcelona estaba sumida en el silencio, sólo interrumpido por el fuego de fusiles y ametralladoras. Las calles de la ciudad permanecen bloqueadas  por barricadas. Bandas armadas de anarquistas atacaron los cuarteles de la Guardia de Asalto y edificios gubernamentales


El 5 de mayo, Tarradellas, respaldado por el presidente Companys, seguía negándose a acceder a la exigencia anarquista de que dimitieran Rodríguez Salas y Ayguadé,.


El 6 de mayo, durante la madrugada la CNT llama una vez más a los trabajadores a regresar al trabajo que se observó durante la mañana, aunque los llamamientos para volver al trabajo fueron desatendidos, más por miedo que por obstinación.2 Por la tarde, no obstante, se reanudaron los combates. En un cine resultaron muertos varios guardias de la GNR por disparos de una pieza de artillería de 75 mm. que habían traído de la costa varios miembros de las juventudes libertarias


Hubo aproximadamente 5.000 expedicionarios para controlar la revuelta , la mayoría de ellos Guardias de Asalto, parten de Madrid y Valencia hacia la capital catalana. Por la noche dos destructores republicanos, acompañados por el acorazado Jaime I llegaron al puerto de Barcelona procedentes de Valencia y cargados de hombres armados


7 de mayo... a las ocho y veinte de la mañana llega la expedición de los Guardias de Asalto a Barcelona, ocupando distintos puntos neurálgicos de la ciudad. Algunos viajaron por carretera desde Valencia.


8 de mayo,  las calles vuelven a la normalidad con algunos incidentes aislados y se empiezan a desmontar las barricadas. Los disturbios de Barcelona habían acabado finalmente.