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jueves, 21 de febrero de 2013

Margaret Bourke-White, pionera del fotoperiodismo

La mujer que se atrevió con el siglo XX

MARGARET BOURKE-WHITE, PIONERA FOTOPERIODISTA EN PRIMERA LÍNEA DE GUERRA

La mujer que se atrevió con el siglo XX


Margaret Bourke-White con el uniforme de la Fuerza Aérea estadounidense, en 1942.

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Como una canción inagotable, la fotografía es capaz de refugiarse en los recuerdos y no abandonarlos nunca. Aunque sean imágenes ajenas y extrañas. Margaret Bourke-White (1904-1971) ha hecho de sus fotos parte de la memoria de la humanidad. En 1937 encuentra en Louisville (Kentucky) una enorme fila de hombres, mujeres y niños afroamericanos guardando turno para recibir su porción de comida. El fondo de la cadena humana es una gran valla publicitaria en la que se puede leer en la parte superior: “El más alto nivel de vida”. Una sonriente familia blanca viaja con su perro en coche. Hay campo, pradera, sol radiante y felicidad. Y el afiche se remata con un nuevo lema: “No hay nada como el estilo americano”. Es el epítome de la Gran Depresión, el fotograma de la angustia que definió el cataclismo económico de los años veinte y treinta.
Habían pasado unos pocos años desde que Margaret tuvo la cruel revelación de los estragos del progreso y las catástrofes naturales sobre la población más desfavorecida, a los que se asomó gracias a la cámara. La revista “Fortune” le encargó fotografiar la terrible sequía que asolaba el Medio Oeste de los Estados Unidos, en 1934. “La sequía fue una poderosa revelación y me mostró que aquí, en mi propio país, había mundos sobre los cuales apenas sabía nada”, escribió sobre aquel encuentro en su autobiografía “Retrato de mí misma” (1963).
Ante la barbarie
Abandona la fotografía publicitaria, que tantos beneficios le había reportado, y “se enfrenta a las contradicciones sociales y al dolor humano”, como cuenta Oliva María Rubio en el libro “Momentos de la historia” (La Fábrica), una recopilación de 154 imágenes que resumen una de las carreras más arriesgadas y atrevidas de la historia del fotoperiodismo. Aparecen imágenes de su paso por la antigua Unión Soviética, Checoslovaquia, Alemania, Reino Unido e Italia, durante los años más difíciles y sangrientos para el viejo continente.
Fue precisamente en Buchenwald donde volvió a imprimir una imagen para el recuerdo colectivo. Decenas de supervivientes en la liberación del campo de concentración nazi miran a sus salvadores al otro lado del alambre de espino. Margaret, como fotógrafa para la revista "Life", acompañaba al Tercer Ejército del General Patton en su legendaria marcha abriéndose paso por el colapso de Alemania, en la primavera de 1945. Fue una de las primeras personas en documentar para el incrédulo público norteamericano la barbaridad de la naturaleza asesina de los campos.
Ella estaba presente cuando el 11 de abril de aquel año las tropas norteamericanas liberaron Buchenwald, cuando Patton, ante aquel horror, ordena acercar a un millar de ciudadanos de las cercanías de Weimar para que sean testigos de las atrocidades. Margaret retrata el pasmo de quienes decían no saber nada. No fue la única fotógrafa en presenciarlo, Lee Miller también cubrió el acontecimiento, para la revista “Vogue”.
Medio hostil
“Ambas fueron una avanzadilla en el camino hacia la liberación de la mujer que se iniciaría tres décadas después”, apunta Oliva María Rubio al insistir en la aguerrida mujer que nunca dejó la primera línea de la guerra ni de la lucha por su libertad y sus derechos. La herencia llega hasta nuestros días, cuando la fotógrafa documentalCristina García Rodero se convierte en la cuarta numeraria de la Academia de Bellas Artes de San Fernando, gracias a trabajos como “España oculta”.
De esta manera, fue la primera extranjera en fotografiar la Unión Soviética, en 1930; la primera fotógrafa que trabajó para la Fuerza Aérea de los Estados Unidos, que diseñó para ella el primer uniforme de una corresponsal de guerra; la única fotógrafo extranjera que estaba en Moscú durante el bombardeo alemán, el 19 de julio de 1941; entre los años 1946 y 1948 realiza reportajes sobre los momentos clave del proceso de independencia de India y Pakistán y allí retrata a Mahatma Gandhi; y en la década de los cincuenta en Sudáfrica retratando la vida de los trabajadores en las minas de oro y diamantes de Johannesburgo y Orange Free State; y en Corea en 1952 donde fotografió la guerra y a las guerrillas. En su infinito currículo sólo falta la Guerra Civil española, de la que se encargaron antes que ella otras dos fotógrafas ejemplares: Gerda Taro (1910-1937) y Kati Horna (1912-2000).
Margaret Bourke-White retrató a Churchill y a Stalin, reconoció el dolor en los seres humanos y sólo detuvo su viaje por culpa del parkinson. “Estaba despertando a la necesidad de explorar y aprender, descubrir e interpretar. Me di cuenta de que cualquier fotógrafo que trata de representar a los seres humanos de un modo penetrante debe poner más corazón y mente en su preparación de la que nunca será mostrada en ninguna fotografía”, escribió la fotoperiodista.
Pero a veces la fotografía, arrastrada por la barbarie humana, llega a lugares a los que la humanidad es incapaz de volver a transitar por puro dolor y rechazo. En Corea fue testigo de las mayores atrocidades. Ella que había presenciado apenas cinco años atrás los rostros de los supervivientes al holocausto; que apuntaba que “las cámaras no pueden hacerlo todo”, en una clara reivindicación a las palabras de aquellas personas que protagonizaban en mudo sus visiones para la posteridad; salió indemne de una batalla de tres años en la que murieron millones de civiles y soldados, cerca de 40.000 combatientes norteamericanos, en la que volvió a cubrir para “Life” un amplio despliegue del horror, en el que se incluyó uno de los gestos más inhumanos de todos los que ha guardado la cámara –esa amiga- a cargo de la conciencia del ser humano. La escena es simple, un miembro de la Policía Nacional de Corea del Sur levanta la cabeza cercenada de un guerrillero de Corea del Norte, mientras un compañero la mira con el hacha apoyada en su hombro.
Hay imágenes a las que, también, se les niega el refugio.  

viernes, 17 de agosto de 2012

Martine Franck en noir et blanc

Martine Franck, au MoMA, le 6 avril 2010.

Martine Franck en noir et blanc

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Par Armelle HeliotMis à jour  | publié  Réactions (2)

Martine Franck, au MoMA, le 6 avril 2010. Crédits photo : STAN HONDA/AFP

La photographe, qui fut l'épouse d'Henri Cartier-Bresson, est décédée à la suite d'une maladie, à l'âge de 74 ans.

Membre de l'agence Magnum, elle appartenait depuis 1964 à la coopérative du Théâtre du Soleil. Elle s'était dévouée à son mari, Henri Cartier-Bresson, jusqu'à la mort de ce dernier, en août 2004. Elle s'est éteinte le 15 août, vaincue par la maladie. Elle avait 74 ans.
Elle était d'une radieuse beauté. Une force intransigeante et douce émanait d'elle. Son visage à l'architecture délicate, son regard puissant, aigu et tendre, sa silhouette harmonieuse, sa voix mélodieuse frappaient. La maladie, contre laquelle elle luttait depuis des mois, avait émacié ses traits et rendu presque transparente sa silhouette. Mais avec quelle force d'âme elle aura affronté les épreuves, avec quelle sensibilité elle aura exercé son métier de vivre, la photographie! Avec quelle intelligence elle aura défendu son art et des camarades photographes!
Les gens de théâtre ont eu la chance de la connaître très tôt, car elle fut membre fondatrice du Théâtre du Soleil en 1964 ; elle ne quitta jamais la troupe de légende et la rayonnante Ariane Mnouchkine. Martine Franck a traduit en photographies saisissantes les mises en scène, les spectacles, l'atmosphère de la troupe, la vie quotidienne à la Cartoucherie, les ateliers, les saisons. Elle était aussi excellente dans les paysages que dans les visages.

Horizons lointains

Née à Anvers le 2 avril 1938, elle avait été habituée dès l'enfance aux horizons lointains. Elle suit ses parents aux États-Unis, en Grande-Bretagne. Mais c'est à Madrid qu'elle étudie l'histoire de l'art avant de venir à Paris et d'être élève à l'École du Louvre. Cette culture classique, sa passion pour la peinture, son goût profond de la littérature éclairent toute son œuvre de photographe.
Dès ses premiers voyages, et notamment lors du grand périple en Asie centrale et en Extrême-Orient, en compagnie d'Ariane Mnouchkine, un voyage initiatique pour l'une comme pour l'autre, elle photographie. Afghanistan, Orient, elles sont en quête de la beauté des autres civilisations, d'un monde unique et chamarré. Chine, Japon, Inde, elle rapporte de superbes images qui ne sont jamais esthétisantes.
Martine Franck aimait le réel. En 1964, elle travaille à Paris pour Time-Life et devient l'assistante d'Eliot Elisofon et de Gjon Mili avant de devenir photographe indépendante. Elle travaille beaucoup pour les grands magazines américains, sans jamais lâcher le fil du Soleil et des moirures de la Cartoucherie. Ses reportages, ses portraits d'artistes, d'écrivains sont publiés dans LifeFortuneSports Illustrated, le New York TimesVogue.

Le cadrage exact

C'est à Paris qu'elle revient toujours, dans l'ombre d'Henri Cartier-Bresson, de trente ans son aîné. Mais elle ne cesse de travailler et de donner une densité particulière à son univers. Elle intègre l'agence Vu, de Pierre de Feyno, en 1970, est l'un des cofondateurs de l'agence Viva en 1972, est associée de Magnum en 1980, en devient membre dès 1983.
Dans l'esprit de Cartier-Bresson, dans celui d'Ariane Mnouchkine, elle s'engage, elle témoigne. Elle signe des reportages en soutien à des causes humanitaires, collabore avec Les Petits Frères des pauvres à partir de 1985.
Des expositions lui sont consacrées, des livres. En 1995, elle signe avec Robert Delpire, géant de la photographie lui aussi, un film consacré à Mnouchkine et au Théâtre du Soleil et, avec Fabienne Trouvé, pour France 3, un film sur l'île de Thoraigh, en Irlande.
Lors de la dernière exposition de Martine Franck, à la galerie Claude Bernard, au printemps dernier, on pouvait voir une des photographies de Thoraigh Island, oiseaux de mer et hautes roches rangées comme des livres. Elle avait le sens de l'espace, du cadrage exact. Voyez cette allée de l'Observatoire de Meudon sous la neige, d'un graphisme pur, qui tire vers le Japon, l'abstraction. Voyez ses portraits: Balthus au chat, Diego Giacometti dans son atelier. Elle aimait les êtres.
Elle reposera près de Cartier-Bresson, à Mont­justin, dans les Alpes-de-Haute-Provence.