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martes, 24 de abril de 2012

No censures el grito de la guerra


No censures el grito de la guerra

La fotografía ganadora del Pulitzer reabre el debate ético de la violencia en los medios

Imagen ganadora del Pulitzer 2012, tomada en Kabul tras el atentado del pasado 6 de diciembre. / MASSOUD HOSSAINI (AFP)
Massoud Hossaini capturó la imagen de Tarana Akbari (11 años) con su Nikon el pasado 6 de diciembre durante la celebración de la festividad chií de la Ashura, cuando un atentado suicida dejó el terrible balance de 55 muertos y 150 heridos en las puertas de una ermita de Kabul, Afganistán. La fotografía de Tarana gritando, vestida de un verde salpicado de rojo, en medio de un mar de cuerpos ensangrentados, ha recuperado el protagonismo que le dio The New York Times al publicarla en su portada un día después por un doble motivo: se ha convertido en la última ganadora del Pulitzer y ha supuesto un retorno al eterno debate ético de los límites de las imágenes violentas en el fotoperiodismo.
Tarana Akbari en su casa de Kabul el pasado 17 de abril. / MASSOUD HOSSAINI (AFP)
La instantánea fue lo suficientemente potente para convertirse en la portada del diario norteamericano. Sin embargo, diarios como The Wall Street Journal o The Washington Post prefirieron dar otras versiones de la escena que restringen parte de la tragedia. Otros medios digitales optaron por no publicar la imagen o mostrarla cortada. El portal MSNBC(Microsoft y NBC) solo decidió publicarla tras serle concedido el galardón y bajo advertencia. Algo parecido hizo el Huffington Post, que ofrece un corte de la imagen en la parte superior de su web con posibilidad de verla completa más abajo con una alerta. La razón, según los responsables de estos medios, es que la visión de los cuerpos –especialmente los menores– podía herir la sensibilidad de los lectores y que basta con intuir el horror sin que sea necesaria una imagen explícita.
Enrique Meneses: "La guerra no se intuye, se vive o no se vive"
Hossaini, autor de la imagen premiada, confiesa sus propios límites cuando las imágenes son excesivamente violentas en una entrevista telefónica con este periódico desde Ámsterdam: “Yo mismo corto algunas de mis fotos, porque son muy gráficas. Lo que no esperaba es que otros lo hicieran. Había dos opciones: mostrarla como era o no hacerlo”. Al fotoperiodista Enrique Meneses, en cambio, le indigna la sola mención de la sensibilidad del lector: “La gente está tan sensibilizada que da vergüenza– continúa. Estamos haciendo periodismo del miedo, quien no se quiera informar que no se informe”. Meneses no comparte tampoco la justificación de que basta con insinuar la violencia. “La guerra no se intuye, se vive o no se vive”, sentencia.
Más cercano esta visión se encuentra Gervasio Sánchez, Premio Nacional de Fotografía 2009: “La guerra es sangrienta y cuando se produce una explosión hay muertos y heridos, muchas veces niños y niñas. Las bombas no preguntan la edad a sus víctimas. Explotan, matan, descuartizan”. Sánchez, empeñado desde hace años en poner el acento en las secuelas de la violencia, es rotundo: “Es importante que el público conozca la verdad sobre las consecuencias de las guerras para que reflexione sobre la necesidad moral de buscar soluciones. Que los ciudadanos se enfrenten al dolor de la guerra, que sepan que los que sufren o mueren desconocen las razones de sus tragedias. Una sociedad que reivindica imágenes asépticas de la violencia está condenada al fracaso”. Son razones similares a las que esgrime también Marisa Flórez, editora gráfica de EL PAÍS, que decidió publicarla a cuatro columnas en la sección de Internacional para ilustrar el atentado. “Es una foto informativa y de denuncia, de lo que está ocurriendo en ese país – explica Flórez–. Se ve el grito de una niña llena de horror por todas partes. Y va mucho más allá de los cadáveres; es la imagen de la desolación”.
En el difícil equilibrio entre lo necesario y lo gratuito, Javier Bauluz, director de Periodismo Humano, lo tiene claro: “Yo siempre digo que la línea está en que [las imágenes] lleguen al corazón y la cabeza, no al estómago. Que te hagan pensar”. Bauluz, único español ganador de un Pulitzer en 1995, introduce un nuevo elemento. “Si sabes que algo es tan duro que no se va a publicar, de alguna manera te autocensuras”, afirma mientras recuerda que en Sarajevo las imágenes eran tan “salvajes” que muchos días los fotógrafos no tenían nada que mandar. “Bastante nos censuran los demás como para que nos autocensuremos nosotros”, considera Meneses, radicalmente opuesto.
Gervasio Sánchez: "Una sociedad que reivindica imágenes asépticas de la violencia está condenada al fracaso"
Massoud Hossaini conoce bien, a sus 30 años, el horror con el que trata a diario. Nacido en Afganistán en 1981 y exiliado en Irak desde los seis meses, cuando su padre fue detenido por el régimen comunista, Hossaini regresó a su país de origen tras los atentados del 11-S decidido a contar al mundo lo que allí ocurre. “La verdad en Afganistán es mucho más amarga que todo esto. La gente debería saber lo que pasa en este país, hablar de ello y ejercer presión sobre sus Gobiernos”, sueña. Revela “sentimientos ambivalentes” en torno al premio: se siente feliz porque cree que ayudará a que el mundo conozca la tragedia de la población afgana pero “triste por lo que pasó aquel día” que aún le provoca pesadillas cuando le deja dormir.
“Hubo una explosión –recuerda: me caí al suelo, tenía una mano herida… pero no me sentía mal. La gente corría en dirección contraria al humo y yo hacia él”. Pese a ser consciente del riesgo de que en Afganistán a una explosión suele sucederle otra Hossaini afirma que “necesitaba” quedarse. Y lo hizo. “Me encontré a la niña en medio de un círculo lleno de cuerpos ensangrentados. Estaba gritando, aterrorizada, y no sabía qué hacer. Yo hice la foto para mostrárselo al mundo”, concluye. Siete personas de la familia de Tarana, que empieza a recuperar la sonrisa, murieron aquel día. Aunque los más cercanos tuvieron la fortuna de resultar solo heridos, su hermana podría perder un brazo, cuenta Hossaini.
"Es muy difícil cubrir la guerra de tu propio país. Yo no lo haría”, asegura Gervasio Sánchez que, feliz por el premio de Hossaini, concluye: “La imagen de Hossaini es un magnífico documento que demuestra el absurdo en que vivimos, incapaces de poner coto a la violencia. Censurar esta imagen es matar al ruiseñor, es como matar la inocencia de nuevo”.

domingo, 22 de abril de 2012

La niña que no dejaba de gritar


Quizá sea su grito desesperado, quizá la tensión que agarrota sus dedos de niña de once años. O puede que la fuerza que transmite su mirada, más serena de lo que podría esperarse, tal vez por la monotonía adquirida por alguien que ha visto mucha muerte y mucha guerra. Lo cierto es que la imagen del fotógrafo Massoud Hossaini parece arrastrar al que la ve hacia la figura de Tarana Akbari, la niña del vestido verde, como ya se la empieza a llamar. Solo después de impregnar nuestras retinas en su desesperación nos dejamos guiar por la compasión y permitimos que nuestros ojos salten de aquí allá por el escenario desolador que la rodea. Por la mirada perdida -para siempre- de una joven en la parte superior. Por el bebé inerte a sus pies. Dolor. Para regresar después a la niña, a sus pantalones blancos manchados de sangre.
El caso es que la fotografía le valió a su autor el premio Pullitzer en la categoría de fotoperiodismo de actualidad. Y ese honor le permite ilustrar en todo el mundo las informaciones sobre el prestigioso premio que concede la Universidad de Columbia a los periodistas. Y recordar a muchas posaderas apoltronadas que en Afganistan se sigue muriendo bajo las balas y las explosiones. En este caso, a la pequeña Tarana la sorprendió el estallido de un coche bomba que guiaba un terrorista suicida. Y allí, aturdido tras la explosión, estaba Massoud Hossaini con su cámara. «Cuando el humo se disipó vi que estaba en el centro de un círculo de cadáveres. Todos apilados, unos sobre otros. Estaba en shock. No sabía que hacer. Empecé a temblar. Sé que estaba llorando», relataba a diferentes agencias de prensa afganas al recordar el momento en el que captó la instantánea, en diciembre de 2011. Habían muerto al menos setenta personas. «Me volví un poco a la derecha y vi a la niña. Cuanto vio lo que le había sucedido a su hermano, sus primos, tíos, madre, abuela y al resto de gente a su alrededor, comenzó a gritar. Hizo muchas cosas, pero en mis fotos ella sólo aparece gritando. La niña no paraba de gritar», recuerda. Como nunca cesará de gritar en sus pesadillas, reconoce el fotógrafo. Como sigue gritando ante nuestros ojos.
No fue el único Pullitzer. El New York Times se llevó dos. También tuvieron premio las páginas web del Huffingtong Post y Político. Pero la que perdurará será la imagen de la niña que no dejaba de gritar