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jueves, 4 de abril de 2013

Los reportajes que Kapuscinski escribió


Manifestante en Moscú con una pancarta en protesta por la muerte de su hijo soldado. /RYSZARD KAPUSCINSKI
Han pasado más de seis años de su muerte y sigue siendo el principal maestro de varias generaciones de reporteros, pero la figura del polacoRyszard Kapuscinski sigue deparando sorpresas. Hace tres años, una biografía ponía en duda la veracidad de las historias que documentaba en todo el mundo y abría la posibilidad a un incierto pasado como espía. El último motivo de asombro que rodea su figura estuvo escondido durante años en sobres marrones: su faceta como fotógrafo, que, durante años, a la vez que escribía sus crónicas, escondió escrupulosamente. Una treintena de estas instantáneas, las que documentan los años del ocaso de la Unión Soviética, se exhiben ahora en la Casa del Lector de Madrid.
Viajaba siempre acompañado por su cámara fotográfica, que le ayudó a retratar, sobre todo, la realidad de los países africanos y de América Latina; aunque el Kapuscinski de El ocaso del imperio, muestra abierta hasta el 2 de junio, no se veía como un escritor que hace fotos. Ni tampoco veía en sus instantáneas meras ilustraciones que acompañaban a sus textos. “Siempre marcó una división muy clara. Y un principio: no unir esas dos facetas. A Kapuscinski le embargaban emociones distintas cuando trabajaba como periodista y otras cuando lo hacía como fotógrafo”, dice en la inauguración Karolina Maria Wojciechowska, presidenta de la Fundación Kapuscinski y comisaria de la exposición, encargada de dejar claro, en todo momento, que estas no son las fotografías con las que asociar las páginas de El Imperio, el libro que recoge las crónicas de estos años convulsos en el régimen soviético.
Pero las imágenes dejan entrever algo que también tiene el Kapuscinski escritor: ambas facetas comparten la misma mirada, la del que se acerca, comprende lo que pasa a su lado y lo muestra sin ambages, ya sea la desolación de un cementerio moscovita o las manifestaciones de agosto de 1991 que precedieron el fin de la URSS.
Al Kapuscinski fotógrafo, igual que en sus textos, le interesa poner el foco en la historia de la persona que encuentra frente a él. Ellos son quienes, en último término, captan el protagonismo. Según la comisaria de la muestra, “en todas sus fotos el punto central es el ser humano”. “Me he fijado en que a estas mujeres que extienden sus brazos para enseñar las fotografías de sus hijos muertos les gustaría que la gente se parara ante ellas”, dice Kapuscinski en un pasaje de El Imperio. La misma dureza documenta una de sus instantáneas: en plena manifestación ciudadana, una mujer porta sendas fotos de su hijo como soldado y en un ataúd. junto a ella, una pancarta que reza “mataron a mi hijo en el ejército”. “Casi todas las fotos que hizo eran de África. En ellas se ven miradas felices. Creo que en estas no”, opina la comisaria.
Sabedor de que era, esencialmente, un escritor, ¿para qué hacía estas fotografías? ¿Le servían como trabajo de campo que ayudaba a su ocupación principal? “Estas imágenes quizá funcionaran como un diario de apuntes mentales. No usaba las fotografías a diario, pero las tenía guardadas en algún lugar de su cabeza”, afirma la comisaria.
La pulsión por dar cuenta de lo que acontece a su alrededor le hizo cruzar la frontera desde Polonia para recorrer el –extenso– país vecino. Y el suyo, al fin y al cabo: un cartel solitario en medio de una carretera que anuncia su localidad natal, Pinsk (actual Bielorrusia), es una de las instantáneas que tomó cuando regresó a su tierra natal. Ya sea en el fulgor de una muchedumbre encendida en las calles de Moscú o a través de los ojos de un niño en Azerbaiyán. En negro sobre blanco o a través del objetivo de una cámara. Todo se trataba de contar lo que ocurre.

domingo, 1 de julio de 2012

para qué sirve un fotoperiodista


Manuel Azaña, con la cámara Robert Capa
foto: Agustí Centelles i Ossó, Barcelona, 28 de octubre de 1938, despedida de las brigadas internacionales. 

¿Para qué sirve un periodista?

Pascual Serrano defiende que el compromiso ético es más importante que la neutralidad, y cita ejemplos paradigmáticos como Kapuscinski, Walsh, Snow, Reed o Capa

Libros | 07/06/2012 - 00:04h
Albert Lladó
Barcelona Redactor
¿Para qué sirve un periodista?
Portada del último libro de Pacual SerranoEdiciones Península
En la mayoría de facultades españolas - con maravillosas excepciones -, los periodistas se forman bajo el paradigma sostenido con dos principios supuestamente inquebrantables: la objetividad y la imparcialidad. El experto en análisis de los medios de comunicación, Pascual Serrano, aboga Contra la neutralidad en su nuevo libro, en el que, tras los pasos de grandes profesionales, como Kapuscinski, Walsh, Snow, Reed o Capa, asegura que “el culto a la objetividad provoca que los reporteros que presencian tragedias y sufrimientos cuyos responsables están perfectamente identificados vean que sus crónicas terminan llegando al público descafeinadas”.
Los periodistas, hasta que se demuestre lo contrario, son personas vivas. Sujetos que ven, sienten y reflexionan. Entonces, ¿qué quiere decir ser objetivo? Alguien que enfoca su mirada, que tiene voluntad de estilo, que pregunta más de la cuenta, no es objetivo. Ni cómodo. No es un sofá. Objetivos son, sí, los objetos. Los pantalones usados, las lámparas amarillas, las sillas aerodinámicas. ¿No hemos confundido, pues, los pilares de la profesión con una falacia que nos impide ir más allá de los datos y los números?
La equidistancia y la pluralidad
Serrano mantiene que la imparcialidad de la que algunos alardean es “solo una labor mecánica, algo así como el cumplimiento de órdenes, la obediencia debida del militar”. Pero el consultor, y especialista en política internacional, desnuda otro de los mitos contemporáneos del periodismo: la equidistancia. “No es cierto que la verdad se sitúe a mitad del camino de dos puntos de vista contrapuestos”. Poner ejemplos concretos no es nada difícil: ¿Cuántas personas se manifestaron en la huelga general? ¿La media surgida del número ofrecido por las fuentes oficiales y del que dieron los sindicatos? ¿O una cifra independiente? Si vamos a casos más extremos, la idea de equidistancia cae por sí sola. ¿La verdad de lo que ocurre en Siria se puede formar a partir de lo que dice las dos partes enfrentadas? Si una víctima denuncia que han bombardeado a toda su familia y el Gobierno asegura que han sido terroristas, ¿ser neutral y equidistante sería afirmar qué exactamente?
Con esa “curiosa idea de que, si incluyes una cita de cada bando, ya has cumplido el objetivo” se banaliza el ejercicio periodístico y, según Pascual Serrano, quizás se ignora que alguien está intentando “justificar un crimen”. Para el autor, “el problema es que estamos creando un profesional que ya no sabe incorporar principios y valores éticos y culturales a su trabajo”. Su vocabulario, añade, “se limita a la exposición de hechos y no incluye la elaboración de reflexiones o análisis”.
Es importante dejar claro que este ensayo apuesta por un modelo de periodismo que sea plural - que pregunte a todas las partes aunque no crea a todos por igual -, que sea riguroso - que no justifique manipulaciones por coincidir ideológicamente - y, sobre todo, que sea honesto. O sea, que no mienta, que su compromiso sea sincero y auténtico. Un buen periodista, si no es un mueble, se puede equivocar, pero no traicionar a su lector, ni mucho menos a sí mismo.
El periodista comprometido
Ryszard Kapuscinski, en esta línea, señala que un corresponsal no puede creer en la objetividad de la información “cuando el único informe posible resulta personal y provisional”. No es neutral, ni quiere serlo, porque ha adoptado una actitud, una intencionalidad: el compromiso frente a las injusticias. El periodista, esté cubriendo una guerra o esté en su mesa explicando un desahucio, tiene una responsabilidad social. Hablar de lo que no se habla, “subrayar lo que se margina”.
Kapuscinski cree que el profesional debe intentar “provocar algún tipo de cambio”. “Sin utilizar el odio o estimular la venganza”, argumenta el polaco, el periodista debe utilizar su bagaje para enriquecer el texto, y es que el que escribe no es simplemente un espectador frío, un contendor de sucesos, un altavoz de declaraciones, un técnico que empaqueta la información: “es importante que no te contagies de esa enfermedad terrible que es la indiferencia”.
John Reed, quien explicó la Rusia revolucionaria en Díez días que estremecieron al mundo, tampoco fue neutral ni objetivo. Sin embargo, Serrano asevera que “su rigurosidad le impide creer precipitadamente algunas versiones” de fuentes que entiende como afines. Reed, que suele utilizar la primera persona, demuestra que la pasión no está reñida con escribir con precisión y profundidad.
Rodolfo Walsh, célebre autor de Operación Masacre, es otro de los periodistas escogidos en este libro. Walsh, quien denunció el fusilamiento clandestino de un grupo de ciudadanos argentinos en 1956, afirmaba que las dos cualidades esenciales del buen profesional son la “exactitud y rapidez”. Permanece desaparecido desde el 25 de marzo de 1977, y se ha convertido en todo un icono de la libertad de expresión.
Edgar Snow, por su parte, que fue el hombre que “descubrió” Asia a Occidente, recurre “desde Aristóteles hasta Mark Twain para explicar China y sus acontecimientos”, y su inteligencia le sirvió para conseguir grandes exclusivas, como la entrevista que realizó a Mao y al resto de líderes comunistas. Serrano nos dice que “a pesar de su simpatía y su defensa de la revolución china, no dudó en expresar inquietud”, y criticó el culto a la personalidad de Tse-tung.
Por último, encontramos en Contra la neutralidad el caso de Robert Capa, un referente del fotoperiodismo que aseguraba que “ante una guerra hay que tomar partido, sin lo cual no se soporta lo que ahí ocurre”. Pese al incalculable valor de su obra, los que le conocieron atestiguan que era modesto y que se planteaba, como el resto, la utilidad ética de su trabajo, sobre todo tras el decepcionante colapso del idealismo en España.
La intencionalidad y la información
Pascual Serrano sabe que el ciudadano huye del artículo de opinión disfrazado de noticia, y “desconfía de cualquier argumentación que no incluya información, datos, testimonios fiables”. Por ello, mantiene que el reportaje se ha convertido en el soporte más adecuado para el periodista que no quiere caer en la nota de prensa o el teletipo de agencia. El también autor de Traficantes de información (2010) insiste en que “la intencionalidad es lícita y efectiva si está dominada por la credibilidad y no por el mero mensaje ideológico”.
El libro de Serrano concluye con un interrogante, el periodismo que viene. Según el autor, en los últimos años hemos asistido a una “obsesión por el sensacionalismo” y, en el mejor de los casos, los profesionales se limitan a responder telegráficamente las cinco W inglesas (qué, quién, dónde, cuándo, cómo y por qué). Sea para la red o para el papel, sea en un texto breve o en una extensa crónica, si obviamos los antecedentes, el contexto y el nervio, estaremos produciendo un depósito de información. Los periódicos serán un cementerio de documentos sin interpretar que, por lo tanto, renuncian al conocimiento. Para escribir, apunta Serrano, hace falta valor, y “para tener valor hace falta tener valores”. Las máquinas, las que copian y pegan inventarios estériles, aún no lo tienen.