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miércoles, 18 de septiembre de 2013

Francesc Català-Roca, el fotógrafo ausente

Agustí Centelles y Pere Català Roca, octubre de 1984,en la galería «Primer Plano»foto: Nuria Amat. 

Francesc Català-Roca, el fotógrafo ausente

JAVIER YUSTE | Publicado el 17/09/2013

El Círculo de Bellas Artes acoge a partir de este martes la exposición 'Català-Roca, Obras maestras', una retrospectiva con más de 150 imágenes del fotógrafo documentalista más importante de España



Francesc Català-Roca (Valls 1922-Barcelona 1998) heredó de su padre, Pere Català Pic, la pasión por la fotografía. Sin embargo, cada uno de ellos se enfrentó a la cámara desde perspectivas opuestas. Su progenitor fue uno de los pioneros de la fotografía vanguardista, publicitaria y propagandista al servicio de la república durante la Guerra Civil. Francesc, como pasa en muchas ocasiones en el seno familiar, decidió desmarcarse del trabajo de su padre y centró su labor en la fotografía documental alejada de cualquier efectismo y ambición artística.

Así, su obra ha pasado a la historia como el retrato más vivo y cercano de nuestra sociedad en el siglo XX, como se puede apreciar desde este martes en la exposición Català-Roca, Obras maestras del Círculo de Bellas Artes. La muestra reúne 150 imágenes en blanco y negro y materiales de trabajo del fotógrafo: dos de sus cámaras, hojas de contacto, un archivador de negativos... “Català-Roca es el gran padre de la fotografía documental”, comenta el comisario de la muestra Chema Conesa. “Todos los fotógrafos que hemos trabajado el reportaje hemos mirado hacia él. Nos enseñó a decidir que era lo importante y retratarlo para que fuera relevante”.

Para la exposición el propio Chema Conesa junto con los herederos del fotógrafo, Martí y Andreu Català Pedersen, y los depositarios de su archivo, el Colegio de Arquitectos de Catalunya (COAC), ha realizado una profunda y exhaustiva labor de investigación e indagación sobre más de 200.000 negativos en diversos formatos y 17.000 hojas de contacto. Además, la muestra incluye un video documental de 20 minutos que establece paralelismos y líneas cruzadas entre sus circunstancias personales y su trabajo.

El fotógrafo catalán recorrió el país dando buena cuenta de las transformaciones y cambios que se producían a pie de calle. Llego a trabajar en el Ministerio de Cultura, aunque su empleo principal fue al servicio de editoriales. Pese al régimen, Francesc no evitaba posar su mirada en los aspectos más agrios de la sociedad de posguerra con la intención de transmitir la realidad tal cual era, algo que queda perfectamente reflejado en la exposición. “No había ningún contenido político en sus fotografías”,avisa Conesa, “aunque el problema es que siempre se le puede atribuir una determinada idea a cualquier fragmentación de la realidad”.

Su manera de entender la fotografía era absolutamente contraria a las copias únicas. “Abominaba del arte. Para él, la fotografía tenía que tener la capacidad de ser reproducida hasta el infinito. Su obra se anticipó incluso a los postulados de Cartier-Bresson. Para ambos, el fotógrafo jamás podía dudar en el momento del disparo, el instante decisivo”, puntualiza Conesa.

Una anécdota describe con bastante precisión su ideal de trabajo. Francesc tuvo el privilegio de trabajar para Dalí y Miró. Con ambos trabó una buena amistad como relata el comisario de la muestra: “Dalí le decía que si quería hacerse famoso tenía que llenar una vaca de dinamita para hacerla estallar y captar el momento exacto de la explosión. Por su parte, Miró le permitió retratarlo de manera silenciosa siempre y cuando no le molestara. Entre los dos, Català-Roca eligió a Miró”.

La exposición del Círculo de Bellas Artes supone una ocasión perfecta no solo para reconocer el trabajo del fotógrafo documental más importante de nuestro país, también para reconocernos a nosotros mismos en él. “Era un gran vitalista y un cabezota”, opina Conesa. “Puso todo su empeño en no retocar la realidad, en ser un fotógrafo ausente. A través de la capacidad visual y la geometría a la que le obligaba la cámara, fue capaz de convertir escenas cotidianas en obras completamente magníficas”.
 

jueves, 19 de julio de 2012

19 de julio, 1936-2012




Madrid, 19 de julio de 2012, 9:30 de la mañana, desde la cafetería del Círculo de Bellas Artes.

Hoy 19 de julio de 2012 tengo una extraña sensación, nuestro padre hace setenta y seis años salió a defender la democracia, las libertades y la constitución con la mejor arma posible, con su Leica III. Ahora  hace setenta y seis años, por las calles de Barcelona, luego fotografío a Mariano Vitini en la esquina de la calle Roger de Lluria con Diputació,

Por encima de leyendas urbanas, auto proclamados expertos solo hay la historia real de un fotoperiodista que marcó escuela, un free lance que lograba enviar decenas de copias a los medios de comunicación de todo el mundo.

Hoy 19 de julio de 2012 rindo homenaje a Agustí Centelles i Ossó el fotoperiodista leal, visito la exposición de "La maleta mexicana" en el Círculo de Bellas Artes en Madrid, hace tiempo recibi una invitación que me enviaron desde New York. Hoy, mañana y siempre no ahorraré medios para la máxima difusión de la obra de AGUSTÍ CENTELLES i OSSÓ, mi padre, mi maestro.

Octavi Centelles i Martí.
Madrid, 19 de julio de 2012


Desde mi tablet, con la ayuda de mi community manager

viernes, 13 de julio de 2012

¿Verano indolente?


14 de julio,

¿Indolencia? Un poco, esta próxima semana más temas Centelles, en septiembre una gran exposición en Barcelona, de las piezas propiedad de la Fundació Vila-Casas, pongo a su disposición mis objetos y colecciones de revistas, vintage anterior a 1940 y el resto de objetos.

Ayer me compré el catálogo "La Maleta Mexicana", muy interesante.


Más Centelles: MI PROYECTO, MI PADRE, MI MAESTRO.

Octavi Centelles

viernes, 9 de marzo de 2012

Memoria sin focos ni protagonismo

Me acaban de llamar de Madrid,  no puedo asistir a la presentación, pero quiero comprar el libro, es ¡la memoria de todos!


“Este es un libro lleno de crueldad, de violencia, de muerte y odio. No debería haber existido nunca. Pero sobre todo, es un libro lleno de amor. Del amor de quienes decidieron no olvidar”. Esto se dice al abrirDesvelados, en la primera página, en los agradecimientos. Porque esta obra es como un agujero en el que mirar, la fosa común de nuestra historia cercana. Como la de Priaranza del Bierzo, en León, es la fosa madre, el principio de muchas otras y aquella que las incluye a todas. Se abrió en octubre de 2000, la primera regida por protocolo científico, y después han seguido más de doscientas. Dentro de ellas, se han encontrado restos de más de cinco mil personas, unas pocas apenas de las cien mil que constan en censo oficial como desaparecidas aún hoy de la Guerra Civil española.
Priaranza fue el inicio de un tiempo de memoria nuevo, el inicio de un relato abierto y colectivo hasta entonces inexistente o infructuoso. Uno que se ha hecho libro (con documental incluido, Morir de sueños) y se presenta hoy en el Círculo de Bellas Artes de Madrid con las imágenes en blanco y negro del fotógrafo Clemente Bernad y los textos de un equipo largo de especialistas, desde Emilio Silva, nieto de desaparecido y presidente de la Asociación por la Recuperación de la Memoria Histórica, a Francisco Ferrándiz, antropólogo del CSIC; Francisco Etxeberría, forense; Lourdes Herrasti, historiadora; Luis Ríos, biólogo; el profesor de literatura Germán Labrador o el escritor Manuel Rivas que le ha dedicado al fotógrafo Bernad, un poema propio incluido en este libro.El antisepulcro lo ha titulado. “Suele decirse: se los comió la tierra. / Pero yo que soy tierra, / un pedazo de tierra, / unos metros de tierra, / tierra adentro, / lo que siento es su hambre (…)”.
Desvelados han llamado a este proyecto. En sus dos sentidos: impedir el sueño, ese algo que atañe a los muertos, o quitar un velo, un acto que incumbe a los vivos. Y abrir sus páginas es correr el telón de un escenario terroso, de noche y silencio. Una crónica polifónica de literatura negra y fraticida cuyos capítulos se titulan Niebla negra, Indicios, Vestigios, Subterrados, Devenir tumba, Desaparecer… y evocan imágenes, asuntos escondidos, de cementerios y cunetas de entonces y ahora; el resumen de un tiempo cronológico, bien emotivo; una bomba de relojería contra el olvido.
“Fotografiar”, dice Bernad, “es un acto político”. Y él, que ya lo ejerció en Jornaleros; Mujeres sin tierra o Donde habita el recuerdo, lo ejerce y lo hace poema visual aquí. “Los dramas humanos acontecen entre los mayores sufrimientos y las escenas más atroces que se pueda imaginar, y optar por imágenes que transiten entre el horror y la desolación para contar tales hechos es tan pertinente como optar por discursos menos explícitos: depende del conflicto, de las circunstancias, del bagaje personal, del miedo… de aquello que se quiera o se necesite decir; depende del sentido de la responsabilidad”. La Guerra Civil siempre formó parte de sus intereses y fantasmas: “Igual que es necesario que salgan a la luz los huesos de estos miles de muertos, es imperativo proteger las imágenes que nos los muestran y mostrar cómo la vida y la muerte se encuentran en torno a esas fosas”.
Los que escriben en Desvelados son expertos, gente acostumbrada a voltear tierra, a rastrearla, a encontrar, indagar, identificar seres humanos… “Las exhumaciones de la última década se han situado en un lugar central de los debates contemporáneos sobre la naturaleza y alcance de la contienda – que incluyen de manera muy relevante la violencia de la retaguardia - y el régimen dictatorial que surgió de ella”, escribe el antropólogo del CSIC Francisco Ferrándiz. “Los centenares de fosas subsistieron durante décadas en un limbo narrativo, emocional, político y judicial”. Visualizarlas es visualizar esos mapas de fosas que se han elaborado solo recientemente, tatuajes sobre la geografía de un pueblo. “¿Qué es lo que convierte una fosa en una tumba? ¿Qué la devuelve al circuito de lo humano, al mundo de los que estamos vivos…? se pregunta Germán Labrador.
Uno puede estar, en teoría, oficialmente muerto a los cinco años. Los aquí enterrados llevan 75: trece veces muertos entonces. Como el abuelo de Emilio Silva que fue quien alentó todo este movimiento de nietos con el empeño por saber donde andaba exactamente la calavera de su antepasado. “La memoria es una fuente que mana, es un camino que construye justicia, que democratiza, que disuelve el miedo. La memoria es un deber”, dice en su texto. “Durante muchos años las cunetas durmieron. La geografía del silencio protegió a los verdugos. Convirtieron el franquismo en un crimen casi perfecto. Y un día una gotera de memoria comenzó a agrietar el miedo”. Los nietos empezaron a preguntar y preguntarse. Hasta que en 2000 una bota salió a la luz por obra y gracia de una excavadora en Priaranza. “Los cráneos hablan, cuentan, relatan, enseñan los orificios de bala…”. “Yo he sentido mucho, / tal vez como nadie, / esta deshora muerta, / estos muertos inquietos / no más con el badajo de las balas / abrazados a mí / con la última palabra / en la boca (…)”, sigue Rivas, en El antisepulcro.
Hay muchas líneas del presente y el pasado de España escritas enDesvelados. Pero sobre todo un detalle espanta: “La tierra removida tarda más de cien años en volver a ser compacta, es su memoria, su recuerdo físico de una alteración”. Los culpables, sin embargo, no se inmutaron. Siguieron su vida como si nada. Pero cuando hablan los muertos, hablan los vivos y el mito de la Transición cae. “Fue una segunda cápsula para que no hubiera fugas… Los defensores de los verdugos fabrican sigilosamente coartadas... No hay que remover el pasado porque reabre heridas, porque divide a los españoles... Ese gran apartheid que fue el franquismo”, concluye Silva.
Christian Caujolle, comisario de arte y periodista, contrapone guerras y víctimas de otros lugares (las de Camboya, por ejemplo) con las de aquí… “¿Documentos para qué? ¿De qué naturaleza? ¿Documentos de qué?...”, se pregunta. Las guerras no se comprenden. Pero estas imágenes, afirma, este tipo de imágenes retrata “la transición del estatus de ‘desaparecido’ al de ejecutado o masacrado”. Para Clemente Bernard, la Guerra Civil representó, además, la mayoría de edad de fotoperiodismo tal y como lo entendemos ahora… “Pero mientras todos (Centelles, los hermanos Mayo, Gerda Taro, Capa…) se esforzaban por contar cómo se combatía en los distintos frentes y cómo se vivía en la retaguardia, tenía lugar una silenciosa, sangrienta y cruel reflexión sobre la población civil… que no fue documentada por cámara alguna. No había presente ningún fotógrafo mientras se asesinaba, nadie que registrara aquellos crímenes”. Y ahora sí. Ahora sí que están las cámaras para mostrar cada una de las exhumaciones, cada esqueleto, cada objeto, cada rostro que se asoma a mirar esos pozos negros del pasado…”.
¿Cómo retratar? ¿Cómo representar a través de imágenes el horror, la violencia, el crimen, el silencio? ¿Cómo hacerlo en estos tiempos en los que es tan sencillo contribuir a la intoxicación visual que vivimos? ¿Cómo contarlo haciendo que dichas imágenes sean herramientas que contribuyan realmente a tener un conocimiento de lo que pasó, a que sepamos diferenciar dónde está la línea que separa la convivencia en libertad y el totalitarismo? Bernard enseña explícitamente aquello que escupe la tierra. “He optado por no utilizar un discurso visual eufemístico sino por mostrar de forma diáfana cada hueso, cada agujero de bala, cada postura”.
Las cámaras están ahí. “Los discursos documentales deben hablar del aquí y del ahora, de qué hacemos y cómo vivimos las personas en un determinado tiempo y lugar, y por ello en este libro no hay material de archivo. Únicamente imágenes de lo que ahora acontece en multitud de lugares de este país, lugares en los que se mira atrás, pero en los que se escribe el presente”. “Paisajes del terror no desactivados”, los llama Ferrándiz. Y basta detenerse a pensar en lo recientemente sucedido en lo político, lo judicial (Garzón) sólo con atreverse a rozar esta herida no curada. Mostrar lo que se hizo, mostrando lo que se está haciendo ahora. Ese es el sentido.
Y en este ejercicio de desenterrar o de desvelar, destaca la política decisiva del forense Paco Etxeberría (de la Sociedad Aranzadi) en lo referente a la gestión de las exhumaciones y a la toma de imágenes en ellas: “Todos los aspectos de la exhumación, de los homenajes y de la inhumación son públicos y están acompañados de un caudal de información suplementaria que ayuda, aclara y reconforta”. Se registran nombres, fichas, fotografías… Todo. Para el uso futuro. “Para que se puedan elaborar discursos desde cualquier perspectiva y punto de vista”, apunta Bernard. Porque es decisivo, dice él y dicen muchos, que el tema de la memoria histórica se aborde de forma poliédrica, para así construir un discurso colectivo y libre. Para que se cierre de una vez el círculo que abrió aquella guerra.
“Todo lo contrario a las versiones oficiales y monocromas que se nos han impuesto hasta ahora. Y para ello es necesario un clima de libertad como el que han facilitado Etxeberría y su equipo (e insisto, seguramente también el resto de equipos, que hay más). La prueba de lo contrario la tenemos en cómo se hizo la búsqueda infructuosa de la fosa de Federico García Lorca: un área cerrada, vallada y protegida en la que únicamente se permitía el acceso a un fotógrafo o “pool” que después suministraría las imágenes a los demás. Es justo lo contrario a como creo que hay que gestionar ahora mismo este tema desde el punto de vista de su narración: necesitamos relatos abiertos y libres, sin miedo, aunque sean vulnerables; de ellos probablemente dependa la memoria de lo que ahora se está haciendo”.
Anécdotas del tiempo fotografiado tiene muchas. ¿Una? “La de María Alonso, que sirve de hilo conductor al documental que acompaña al libro (Morir de sueños). María era una mujer de 32 años que vivía en La Bañeza (León). Era presidenta de la Unión Republicana, y la detuvieron en julio de 1936 junto a sus hermanas. El día de su detención, como tenía una infección en su oreja derecha, se dejó en su cuarto el pendiente de oro que llevaba. En octubre de 1936, después de torturarla y violarla, la asesinaron junto a otros hombres cerca de Izagre (León). En agosto de 2008, cuando exhumaron sus restos de la fosa común, los técnicos de la ARMH encontraron un pendiente. Cuando buscaban el otro, se acercó una de sus hermanas, Josefina, y les dijo que dejaran de buscar: ella tenía el otro pendiente en su mano, engarzado en una sortija. Lo llevaba con ella desde el asesinato de María”.
“He cuidado sus zapatos, los botones, sus hebillas, sus peines, sus lapiceros… (…). Yo no estaba preparada para esto. / Tampoco ellos. / Se me cayeron dentro, / sin quererlo /”, escribe Manuel Rivas.
El horror, el crimen, la impunidad, el silencio, el miedo, el olvido están enDesvelados. “Pero también la íntima conexión entre lo que acabó en una fosa común y lo que permaneció afuera, esperando el momento de demostrar públicamente lo que se quiso ocultar. La prueba que hace innecesario cualquier análisis de ADN, la prueba humilde y cargada de sentido y de emoción”. Él, el fotógrafo es, dice, un testigo que elabora un relato, pero el protagonismo “es de las víctimas”. La memoria de todas esas personas no necesita de sacralización alguna, asegura, únicamente de verdad, justicia, luz y respeto. Si las voces fueran muchas, la historia sería otra. Las imágenes abren puertas, indican caminos, cuestionan, inician, movilizan… Pruebe a preguntarse qué le dicen estas fotografías. Y verá la respuesta.